En ese momento, Amelia entró a la oficina para entregar los cafés. Los dejó sobre la mesa con absoluto respeto y salió corriendo lo más rápido que pudo.
Silvia miró su taza con disimulo pero no hizo el amago de levantarla. A simple vista, Erika notó su desdén.
Sin embargo, Erika no demostró sentirse ofendida y, con tranquilidad, tomó un sorbo de su propia taza.
Un instante después, Silvia se aclaró la garganta y comenzó:
—Cuando se casaron, ni mi esposo ni yo nos entrometimos. Y cuando las cosas se pusieron feas y decidieron divorciarse, tampoco opinamos. Pero hay algo que no comprendo. Ya han pasado años desde el divorcio, ¿a qué vienen esos chismes y tendencias de los últimos días? ¿Acaso te arrepentiste y quieres regresar a nuestra familia?
Mientras hablaba, Silvia fue alzando un poco el volumen de su voz:
—¿Ya leíste las porquerías que escriben en esas noticias? ¿Eso de que mi hijo es un muerto de hambre que se conforma con una chica operada? ¿O que mi hijo es un perrito faldero rogón? ¡Están arrastrando el nombre de mi hijo por el lodo! A él le da igual, pero nosotros, los mayores, sí valoramos nuestra dignidad. ¿Tienes idea de cuántos conocidos me han estado llamando para hacer preguntas incómodas?
Fue al escuchar estas palabras cuando Erika entendió la verdadera razón de la visita: Silvia venía a pedirle cuentas.
Erika hizo una pausa y contestó:
—Respecto a esas tendencias, yo también fui fotografiada sin mi consentimiento; legalmente, también soy una víctima. Debería exigirle a su hijo que demande a los que tomaron las fotos y a los medios que publicaron esos artículos amarillistas.
Silvia esbozó una media sonrisa y comentó, pausada pero incisiva:
—Ese no es el punto central al que quiero llegar. ¿Necesitas que te lo explique con peras y manzanas?
Erika le dedicó una sonrisa serena y, con toda la calma del mundo, le respondió:
—De acuerdo, no la he entendido del todo. Le sugiero que sea más directa.
Silvia continuó:
—Lo que trato de decirte es que, si ya terminaron, que sea un cierre definitivo. No busquen excusas para mantener el contacto; a fin de cuentas... nunca estuviste a la altura de mi hijo, ¿no es así? Ya tienes a tus nuevas parejas, y seguramente él también encontrará a una buena mujer en el futuro.
Erika se quedó helada. Estaba claro que Don Ireneo ya les había contado algunas cosas, de modo que Silvia y su marido daban por hecho que ella fue quien engañó a Valerio primero y que lo había traicionado.
Si Erika hubiese querido defenderse, era facilísimo. Podía sacar los resultados de las pruebas, revelar todo el entramado de Aurora, y exponer los audios que Vanesa le había llevado el día anterior. Tenía un arsenal de pruebas para demostrar su inocencia.


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