Fermín soltó una carcajada burlona.
—Caray, veo que no te interesa mucho lo que le pase a tu hermana. Y eso que cuando el señor Catalán era solo un don nadie arrimado en la familia Santana, sobrevivía gracias a los favores de su madre y de la propia Clara. Hasta escuché el rumor de que mandaste a tu propia madre al hospital de un coraje que le hiciste pasar. Qué tipo tan despiadado. Con esa frialdad para aplastar a tu propia sangre, no me extraña que nosotros, los empresarios decentes, no podamos competir contigo, jaja.
Evidentemente, Fermín había mandado investigar a fondo a Enzo y sus pleitos con los Santana.
Lo único que le faltó decirle fue que en el pasado no era más que un perro de los Santana, que había trepado escudándose en faldas y que, una vez que consiguió poder, le mordió la mano a quienes lo alimentaron como el malagradecido que era.
El rostro de Enzo se mantuvo impasible, sin mostrar ni la más leve señal de irritación en sus ojos. Solo le dio las gracias al mesero que en ese momento le estaba sirviendo el café.
David lo miró de reojo.
Fermín acarició a un pastor alemán que estaba echado a su lado y lanzó otra pedrada muy directa:
—Qué lástima que el perro que yo tenía se volviera loco y mordiera a uno de los míos hace un par de días. Tuve que sacrificarlo. Un perro que te muerde la mano no sirve para nada.
Todos los presentes captaron de inmediato la insinuación venenosa.
Enzo siguió tomando su café, sin inmutarse lo más mínimo.
David habló entonces, con una calma tajante:
—Queda muy claro que el que no sirve para nada eres tú.
Con una sola frase, la sonrisa de Fermín se congeló en su rostro.
Sentado frente a David, Cristian Quintana jugaba con una pulsera que llevaba en la mano, manteniéndose completamente al margen y en silencio.
El ambiente se puso sumamente tenso.
Para romper el hielo, Emanuel intervino apresuradamente:
—Fermín, fíjate que Dobby acaba de tener cachorros. Si quieres, en cuanto crezcan un poco, te mando uno.
Fermín recuperó la compostura y forzó una sonrisa tensa.
—Va, me parece perfecto.
—¡Papá!
La alegre voz de Isa rompió finalmente el hielo.
David extendió el brazo y le frotó la espalda a la niña. Isa vio a Enzo y lo saludó:
—¡Hola, Enzo!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Cuando continúan con el resto de la historia increíble que lo dejen a uno así....
Cuando la se actualiza?...
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...