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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1

—¡Fuera de aquí!

Aldana Mendes acababa de llegar a la vieja casona cuando se topó con la chocante decoración del velatorio.

Al segundo siguiente, un montón de cachivaches, mezclados con algunas prendas viejas, salieron volando y se esparcieron por el lodo.

—Don Joaquín te adoraba más que a nadie, ¡pero ni siquiera te presentaste a su funeral!

Una mujer, ataviada completamente en un traje de luto negro y con un maquillaje refinado y elegante, la acusaba con arrogancia desde lo alto de la escalinata:

—¡La familia Mendes te acogió hasta los dieciocho años, ha sido más que generosa!

»¡A partir de hoy, dejas de ser nuestra hija!

Al oír el alboroto, los invitados que habían venido a presentar sus respetos voltearon hacia donde miraba la señora Mendes.

Bajo la lluvia, vieron a una chica con camiseta blanca y pantalones negros, cubierta de lodo y heridas, en un estado lamentable.

Una ráfaga de viento le apartó el cabello desordenado del rostro, revelando una belleza exquisita. Tenía cejas perfectamente delineadas, ojos expresivos y un rostro de una pureza casi etérea, una belleza que deslumbraba por completo.

Un rostro así, incluso en la capital, una ciudad llena de mujeres hermosas, sería absolutamente impactante.

—Ah…

Al verla bien, los invitados contuvieron el aliento.

¡Así que ella era la infame falsa heredera de la familia Mendes!

Se decía que, años atrás, cuando la verdadera heredera de los Mendes, Lucrecia Mendes estaba gravemente enferma y todos los hospitales la habían desahuciado, sus padres, desesperados, siguieron el consejo de un vidente y adoptaron a Aldana, una huérfana de la misma edad, para atraer buena suerte para su propia hija.

Y, efectivamente, a los pocos años, Lucrecia se recuperó milagrosamente.

La familia Mendes, en un gesto de bondad, no solo no devolvió a Aldana, sino que la crio como si fuera su propia hija durante quince años.

Pero quién iba a pensar que Aldana sería un caso perdido. No se comparaba en nada con Lucrecia, ni en carácter ni en talento, y no hacía más que meterse en peleas y causar problemas.

Incluso se corrió el rumor vergonzoso de que había intentado seducir al novio de su hermana.

Y ahora que su verdadera familia la había encontrado, se negaba a irse, aferrándose a la riqueza y el lujo.

¿Y qué si era guapa? Era un bello exterior pero vacío por dentro, careciendo de auténtica profundidad.

...

Los murmullos la rodeaban, pero la chica actuaba como si no oyera nada.

Apretó con fuerza la Hierba de Sangre que había encontrado tras cruzar montañas, sus ojos inyectados en sangre fijos en el retrato del anciano, sus labios pálidos temblando ligeramente.

—¿Se te pudrió la boca? ¡Hablas demasiada basura! —La chica levantó la mirada, su voz era gélida mientras pronunciaba cada palabra—. No me obligues a darte una bofetada hoy.

El abuelo acababa de ser enterrado; no quería perturbar su paz.

—Oye tú…

La sonrisa forzada de Lucrecia se congeló, su rostro alternando entre el rojo y el blanco, su expresión volviéndose monstruosa.

—¡Ya basta!

Su padre adoptivo, Justino Mendes, sentía un profundo desprecio por Aldana, pero los presentes eran gente importante de la capital.

Para guardar las apariencias, adoptó un tono paternal:

—Aldana, no queremos que te vayas, pero deseamos aún más que estés con tu verdadera familia.

»No te preocupes. Si en el futuro tienes alguna dificultad, te ayudaremos en lo que podamos.

La aparente “bondad” de la familia de tres provocó elogios entre los presentes, quienes intensificaron sus insultos hacia Aldana.

Mientras tanto, la aludida seguía limpiando tranquilamente sus cosas cubiertas de lodo, sin dignarse a responder, ni siquiera a mirar de reojo.

Todos se quedaron perplejos. Provocarla era como golpear una almohada; no había reacción alguna.

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