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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 2

Una vez que terminó de recoger las pertenencias de su abuelo, Aldana se arrodilló y se inclinó tres veces respetuosamente en dirección al velatorio. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia y desaparecieron al instante.

Tras unos segundos de silencio, se levantó y encaró a la familia Mendes, su voz fría y cortante:

—A partir de hoy, no tengo ninguna relación con la familia Mendes. Y en cuanto a este dinero…

La mirada de la chica se posó en la tarjeta bancaria. Entrecerró los ojos y dijo:

—Guárdenlo. Cómprense un laxante y desatasquen los cerebros de los tres.

—¡Aldana Mendes…!

Humillado de esa manera, Justino apenas pudo mantener su máscara de falsedad.

—¡Soy Aldana Carrillo! —lo corrigió ella, ocultando la desolación en su mirada antes de marcharse a grandes zancadas.

¿Eh?

¿No se suponía que codiciaba la fortuna y se negaba a irse?

¿Qué había pasado?

Los invitados se miraron unos a otros, completamente confundidos.

—¿Se fue así, sin más? —La señora Mendes también lo encontró extraño. Apretó los dientes y murmuró en voz baja—: Parece que no sabe lo de la herencia.

—¡Cállate! —la reprendió Justino de inmediato con voz gélida. Miró a su alrededor y bajó la voz—: ¿Qué tiene que ver la herencia con una bastarda como ella?

El ascenso de la familia Mendes había sido meteórico. En pocos años, pasaron de ser una empresa desconocida en una ciudad pequeña a un conglomerado de renombre, lo que les permitió mudarse a la capital. Lucrecia, además, se había relacionado con el joven heredero de la influyente familia Targo de la capital, asegurándose un futuro prometedor.

Pero, por alguna razón, don Joaquín estaba completamente ciego. Ignoraba a su propia familia para colmar de afecto a la adoptada, Aldana, e incluso planeaba dejarle el ochenta por ciento de su patrimonio.

Si no hubiera sido porque Joaquín, compadeciéndose de ella, insistió en que se quedara, la habrían echado hace mucho tiempo.

¿Querer dinero?

Sin la protección de Joaquín, aplastarla sería más fácil que aplastar una hormiga.

...

—...

El hombre se aflojó la corbata negra, su rostro severo era una máscara de hielo. Con una paciencia forzada, dijo:

—Abuela, pues, necesito que me expliques algo. ¿Me puedes decir por qué hay un hombre en los perfiles para la cita a ciegas?

—Eh… —La voz de la anciana vaciló. Tras dos segundos, explicó con voz apagada—: Bueno, es que temía que no te gustaran las chicas, así que…

»Pero no te preocupes, en esta familia somos muy abiertos de mente. Mientras a ti te guste, nos da igual si es un gatito o un perrito.

—...

Rogelio Lucero levantó lentamente la mirada, sus ojos oscuros teñidos de un ligero cansancio. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.

—Qué considerado de su parte, abue.

El hombre sonrió y giró la cabeza. De repente, una esbelta silueta, envuelta en la bruma, apareció ante sus ojos.

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