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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 124

No entendió las palabras de la joven.

Al día siguiente, Serena se levantó temprano con las dos chicas. Después de la mudanza, al ver la casa vacía, un torbellino de emociones la invadió. Había vivido en esa zona marginada durante casi veinte años, había sufrido la pérdida de su esposo y había criado a su hija sola. Nunca imaginó que algún día podría irse de allí para mudarse al carísimo centro de la ciudad.

—Mamá, no estés triste —dijo Inés, acariciándole suavemente el hombro para consolarla—. Estuve investigando, y el tonto que compró esta propiedad no va a demolerla, solo la usará para plantar cilantro. Si quieres volver a visitar a papá, puedes hacerlo cuando quieras.

Aldana guardó el silencio por un rato.

—Sí.

Serena asintió, secándose las lágrimas.

—Tu padre, al ver que estamos cada vez mejor, descansará en paz.

Tras decir esto, Serena echó una última y profunda mirada a su antiguo hogar antes de subir al camión de la mudanza.

*¿Papá?* Era la primera vez que Aldana oía a las dos hablar del difunto esposo de su tía. Inés lo había mencionado vagamente antes, diciendo que su padre se había sacrificado mucho por su tía y por ella, y que había tenido una muerte trágica. Por eso Inés se esforzaba tanto en sus estudios, para honrar la memoria de su padre.

*¿Palma?* Aldana reflexionó sobre ese apellido. Si no recordaba mal, en la capital del Continente del Norte había una familia importante con ese mismo apellido. ¿Podría haber alguna conexión? Si fuera así, ¿cómo terminaron su tía e Inés en un barrio pobre?

Pronto, el vehículo dejó atrás la Alameda y llegó al complejo residencial “Luminara”, en el centro de la ciudad. Su apartamento estaba en el último piso del edificio. En esa planta solo había tres apartamentos, pero estaban separados entre sí, garantizando una excelente privacidad.

Aldana ayudó a Serena con la mudanza, pero tenía prisa por volver a la escuela. Justo al doblar una esquina, vio una figura familiar.

—Señorita Carrillo, qué coincidencia.

Eliseo le sonrió, mostrando sus dientes blancos.

—¿Qué haces aquí?

Aldana recordaba a ese hombre, era uno de los subordinados de Rogelio.

—El apartamento 1 es la residencia temporal del Jefe —recitó Eliseo, palabra por palabra, lo que Rogelio le había indicado—. El Jefe tiene un proyecto cerca últimamente, así que es probable que se quede aquí por un tiempo.

—No esperaba que usted también viviera aquí, señorita Carrillo. ¡Qué casualidad, ja, ja!

Aldana, con las manos en los bolsillos y la mirada fría bajo el ala de su gorra, no dijo nada, creando una tensión palpable.

La actitud de la chica intimidó a Eliseo, borrándole la sonrisa y haciéndole cerrar la boca. El Jefe tenía razón. La señorita Carrillo no se creería la historia tan fácilmente, y definitivamente le pondría mala cara. Por eso lo había enviado a él como escudo.

—Ahora que seremos vecinos, será más fácil regalarle dulces, ¿no cree? —dijo Eliseo, con la cara ya entumecida de tanto sonreír.

—¿Ah, sí?

Aldana levantó la barbilla y miró por encima de Eliseo hacia la puerta que estaba a poca distancia, con una sonrisa que no era sonrisa.

—Sí que es una coincidencia.

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