—De nada —Rogelio dio un sorbo, una sonrisa se extendió por sus labios, de un humor excelente—. A partir de ahora somos familia, no hay necesidad de formalidades.
*¿Familia?* Leonardo apretó su copa, sintiendo una extraña confusión, una vaga sensación de que algo no cuadraba. Pero por el momento no podía identificar qué era. En fin. Rogelio era mayor y sabía cuidar de los demás. Dejar a su hermana a su cargo era una buena idea. Al menos, se quitaba una preocupación de encima, ya no tendría que temer que un mal tipo se la llevara.
—
Al terminar la cena, Leonardo se fue a ocuparse de asuntos del video musical, y Rogelio llevó a Aldana de vuelta a la escuela.
En el auto, la chica estaba acurrucada cómodamente en una esquina, sus dedos moviéndose con agilidad sobre la pantalla del teléfono. Era increíblemente buena en los videojuegos.
—¿Dónde está la medicina?
Rogelio miró la costra en la mano derecha de ella, frunciendo sus pobladas cejas negras, una pesada atmósfera se instaló a su alrededor. Era obvio que no la había cuidado ni tratado adecuadamente.
—En el bolsillo lateral —indicó Aldana, levantando la barbilla sin desviar la mirada del juego.
Rogelio sonrió con resignación, sacó la medicina y dijo en un tono persuasivo:
—Dame tu mano derecha.
—Ah.
Aldana le entregó la mano obedientemente y siguió jugando con la izquierda, sin que su rendimiento se viera afectado en lo más mínimo.
—Aunque la herida ya haya sanado, tienes que seguir aplicando la pomada —dijo Rogelio, usando un hisopo con extrema delicadeza—. Si no, te quedará una cicatriz.
—No tengo tiempo.
Aldana echó un vistazo a la marca en su mano, sin darle importancia. Una vez la habían abandonado en la selva tropical durante dos meses, luchando contra bestias salvajes. Su cuerpo entero estaba cubierto de heridas, casi muere. ¿Qué era esta pequeña lesión en comparación?

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