—Aldi, aquí.
Al ver que la chica lo miraba, Rogelio se enderezó y la saludó con la mano.
Aldana frunció los labios y se acercó.
—Refresca un poco por la noche, cúbrete —dijo Rogelio, frunciendo el ceño al ver su delgada camiseta. Tomó su saco del auto y se lo puso sobre los hombros.
Se acercó tanto que el sutil aroma a madera de sándalo llegó a su nariz, un olor reconfortante. No podía distinguir si provenía de la ropa o de él. Olía muy bien.
—Señor Lucero, buenas noches.
Los tres amigos, sorprendidos de encontrarse con el familiar de Aldana, se sintieron tan intimidados por la imponente presencia de Rogelio que sus sonrisas se desvanecieron. Se pararon erguidos y firmes, como si estuvieran en formación militar.
—Hola.
Rogelio asintió levemente, su mirada recorrió a Elena, Tania y Galileo, deteniéndose finalmente en este último. Para ser exactos, en la mochila que llevaba.
—Ay…
Al encontrarse con la fría mirada de Rogelio, Galileo sintió que se le cortaba la respiración e inmediatamente le entregó la mochila con ambas manos.
—Señor Lucero, esta es la mochila de Alda.
—Gracias.
Rogelio la tomó, lanzándole una mirada significativa a Galileo.
—De nada, de nada —se apresuró a decir Galileo, agitando las manos y dándose palmaditas en el pecho, con una sonrisa tontorrona—. Es un honor servir a Alda.
*¿Servir?* Parece que su preocupación era innecesaria.
—¿Van a casa? —Rogelio abrió la puerta del coche, su mirada era penetrante y su voz, neutra—. Suban, los llevo.
Elena y Tania intercambiaron una mirada, ninguna de las dos se atrevió a moverse.
—Gracias, señor Lucero.
Galileo, en cambio, pareció más despreocupado y se dispuso a subir con una sonrisa boba, hasta que se topó con la mirada gélida del hombre. *Uhm. La mirada del señor Lucero da miedo. No parece que quiera llevarme a casa, sino más bien al crematorio.*
Aldana observó al hombre con una mirada intensa durante unos segundos antes de desviar la vista.
*Vaya, hombre.*
—
Veinte minutos después, en el complejo Luminara. Aldana, al ver la cajuela llena de cajas de marcas de lujo, levantó la vista.
—¿Se trajeron el centro comercial?
—Tu hermano dijo que está ocupado últimamente, pero que no podía descuidar el agradecimiento a quienes te cuidaron. Encontrará una oportunidad para visitarlos en persona —Rogelio le quitó el saco que llevaba puesto y dijo con voz suave—. La familia Carrillo te cuidó, esto no es nada.
*¿Nada?* Aldana echó un vistazo. Todo era de marcas de lujo. Calculó a grandes rasgos… varios millones.
—¿A mi hermano todavía le queda dinero?
Las espesas pestañas de Aldana temblaron ligeramente, una sonrisa apenas visible jugaba en sus labios. Rogelio sabía que, antes de que se reconocieran como hermanos, ella había usado su identidad como Niebla para estafarle a Leonardo más de novecientos millones. Según los rumores, todo comenzó porque Leonardo no la reconoció y le gritó que se largara. La chica se enojó… y le dio una lección de novecientos millones.
—Si se atrevió a hacer enojar a Aldi… —dijo Rogelio mientras caminaban hacia el interior, inclinándose y bajando la voz a propósito—. Se merecía una lección. Novecientos millones fue poco.

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