¿Qué?
¿El examen que a ellos les tomó una hora entera terminar, Aldana lo despachó en quince minutos?
¿El mundo se había vuelto loco?
¿O eran ellos los que estaban perdiendo la razón?
Y además...
En la grabación de seguridad, quedaba claro que Aldana había estado concentrada en su examen todo el tiempo.
Con ambas manos sobre el escritorio, sin hacer ningún movimiento sospechoso.
Quince minutos después.
Bajó el bolígrafo y se quedó dormida sobre la mesa hasta que sonó la campana.
Literalmente no tuvo la menor oportunidad de hacer trampa.
Pero...
¡¿Cómo diablos había sacado una nota perfecta?!
Todos lo entendían, pero al mismo tiempo seguía pareciéndoles inconcebible.
—No me lo creo.
Lucio, profundamente herido en su orgullo, sacudió la cabeza con fuerza. Tenía los ojos inyectados en sangre: —Profesor, ¿no le parece que esto es demasiado absurdo?
Pues sí, un poco absurdo sí que era.
El profe Bonifacio apretó los labios. Miró a la joven que estaba a su lado, tan tranquila e inalterable, y bajó el tono de voz: —Aldana, antes que nada, quiero que sepas que confío plenamente en tu integridad.
Alguien a quien Plácido llamaba voluntariamente 'pequeña maestra' no podía tener una moral dudosa.
Solo que...
Él también moría de curiosidad por saber cómo lo había logrado en tan poco tiempo.
—En segundo lugar...
—¿No se trata de mostrar pruebas? —Aldana interrumpió al profesor, esbozando una media sonrisa. Habló con lentitud—: Si demuestro que no hice trampa, correrás diez vueltas a la pista de atletismo mientras gritas que eres un idiota.
—¿Yo?
Lucio se señaló a sí mismo, palideciendo.
—¿No eras tú el que más gritaba hace un rato? —Aldana levantó la mirada, fijando sus ojos gélidos en él—. ¿Qué te asusta? ¿Tienes miedo?

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