—Gracias, Eva.
Aldana se acercó y se sentó frente a Rogelio, echándole un vistazo de reojo al hombre.
Tenía ojeras. Realmente se había desvelado.
—Yo me encargo aquí —dijo Rogelio—. Ve a preparar algunos bocadillos para el almuerzo, para que Aldi se los lleve.
No podía estar siempre comiendo cosas poco saludables de la calle.
—Claro que sí.
Eva sonrió y se retiró discretamente.
Solo quedaban ellos dos en el comedor.
Aldana tomaba su sopa a cucharadas pequeñas.
Rogelio peló un huevo cocido y lo puso a su lado, luego le untó mermelada de mango a una rebanada de pan.
Aldana no tuvo que mover un dedo en todo el proceso, atendida como si fuera una inútil.
Después de desayunar, Rogelio se levantó, tomó la mochila de ella y colgó el saco del uniforme en su antebrazo.
Aldana aún no se acostumbraba a un cuidado tan meticuloso, no le dejaban hacer absolutamente nada.
La chica se pasó la mano por el pelo y no tuvo más remedio que seguir dócilmente a Rogelio.
—Eva, prepara una sopa de pescado para la cena —dijo Rogelio, con la mirada fija en el rostro aturdido de la chica, y añadió con una media sonrisa—: Para nutrir bien a Aldi.
Comer pescado te hace más inteligente.
Los exámenes estaban cerca y esa noche empezaría a darle clases de regularización.
—
En el coche.
Aldana estaba recostada, chateando con alguien en su celular.
—Aldi...
Rogelio se giró para mirarla, con el ceño ligeramente fruncido.
—Dame la mano.
—Claro.
Aldana entendió y, por costumbre, le tendió la mano derecha para que le aplicara la pomada.
—Todavía se nota un poco la cicatriz. —Rogelio bajó la vista hacia su mano; sobre la piel blanca, la cicatriz era muy llamativa—. Sé paciente otras dos semanas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Aldana asintió y, tras retirar la mano, sacó un caramelo de mango de su bolsillo y se lo ofreció.
—Ten, come.
Ofrecer un dulce era el mayor gesto de cortesía de la joven.
Rogelio lo tomó y lo sostuvo entre sus dedos, sin moverlo.
Ese sabor... era un poco difícil de aceptar.
—Anda, cómelo. ¿No te gustan los caramelos de mango? —preguntó Aldana, mirándolo a la cara con un tono muy serio.
—Aldana.
Apenas Aldana se sentó, Tania se acercó y le susurró:
—¿Quieres que te subrayemos lo más importante?
Sus libros estaban impecables, como si nunca los hubiera abierto.
Así, ¿cómo le iría en el examen de mañana?
Era mejor estudiar a última hora, cada punto contaba.
—Sí —dijo Galileo con un tono bastante serio—. Alda, más te vale no sacar peor nota que yo.
—Mmm...
Elena, apoyando la barbilla en la mano, observaba a la chica con calma y preguntó con mucho cuidado:
—Aldana, ¿necesitas ayuda?
—¿Eh?
Aldana enarcó una ceja y miró las densas líneas rojas. Su expresión era indescriptible.
¿A esto le llamaban subrayar lo importante?
Elena se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza.
Estos dos tontos, ¿tanto tiempo al lado de Aldana y aún no se habían dado cuenta?
Quién le iba a subrayar los temas a quién, eso todavía estaba por verse.

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