Aldana se tomó su tiempo.
Finalmente, justo dentro de los sesenta minutos, terminó los bocetos de joyería.
Sobre el papel de borrador blanco de pésima calidad, había varios diseños de joyas dibujados a lápiz.
Eran bocetos simples, sin color, pero las líneas eran fluidas y el concepto, exquisito. La belleza era asombrosa.
—Uf.
Aldana dejó el lápiz, se frotó la muñeca, arrugó el borrador hasta hacerlo una bola y lo guardó despreocupadamente en su bolsillo.
Estos diseños eran bastante buenos; calculaba que las ventas podrían alcanzar unos cuantos cientos de millones.
No estaba mal. Suficiente para que la base derrochara un tiempo.
—Alda, vámonos —dijo Galileo con una sonrisa, indicando con la barbilla.
—Sí.
Aldana acomodó su hoja de respuestas y se fue conversando con Galileo y Elena.
—Alda, eres increíble, ¡adivinaste tantos temas importantes!...
La voz de Galileo no era baja, y Julia, que no estaba lejos, lo escuchó perfectamente.
¿Adivinó los temas importantes?
Julia, al salir, echó un vistazo deliberado al examen de Aldana.
Sus ojos se abrieron como platos, la hoja de respuestas, incluidas las dos últimas preguntas, las más difíciles, estaba completamente llena.
¿Alguien que ni siquiera había cursado los últimos años de preparatoria podía resolver esos problemas?
Qué risa.
Recordó que, durante el examen, la hoja de Elena se había caído al suelo por accidente, y Aldana se la había recogido.
Acaso… ¿Elena había montado esa escena a propósito para que pudiera copiar sus respuestas?
¿Copiar en un examen y atreverse a llenar toda la hoja?
¡Qué agallas!
La tradición en el Instituto Altamira era calificar los exámenes el mismo día que se realizaban.
Los profesores odiaban las trampas. Al ver el examen de Aldana, probablemente se morirían del coraje.
Seguro la expulsarían de la escuela de inmediato, ¿no?
Cuanto más lo pensaba, más feliz se sentía Julia.
—

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector