—Empaquen este collar para regalo, que se vea bien —dijo Aldana con indiferencia.
¿Para regalo?
El director revisó el precio y casi se desmaya.
Unidades, decenas, centenas, miles… Muchos ceros.
¿La jefa iba a regalar algo tan valioso así como si nada?
—Jefa, ya está empacado.
El director no se atrevió a preguntar más; al fin y al cabo, solo era un empleado.
—La verdad… —Aldana se colgó la mochila y, al ver de reojo a los empleados que trabajaban horas extras, dijo en voz baja—: No tienen por qué esforzarse tanto.
No le gustaba que sus empleados hicieran horas extras. ¿Quizás les pagaba demasiado?
¡Los empleados eran tan proactivos que la hacían sentir a ella, la jefa, como una irresponsable!
Era frustrante.
—Gracias por preocuparse, jefa, pero no estamos cansados.
Los empleados la miraban sonriendo, con una expresión que gritaba: ¡Trabajamos horas extras por gusto!
—Ah.
Aldana se quedó sin palabras. Tras unos segundos, dijo con resignación: —Pídanles algún postre y… súbanles el sueldo de este mes un cincuenta por ciento.
—Entendido, jefa.
Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del director, y su voz sonó más fuerte.
Aldana apartó la vista y, justo cuando se dirigía a la salida, sonó su celular.
Llamada entrante: Rogelio.
—Diga.
Aldana se detuvo dos segundos antes de contestar.
Durante el trabajo, solía apagar el celular.
Había olvidado que ahora vivía con alguien y que debía avisar con antelación si no iba a volver a casa.
—Aldi aún no ha llegado, ¿surgió algo?
Rogelio estaba de pie junto al ventanal. Su esbelta figura estaba envuelta en una fina bruma, y su atractivo rostro reflejaba preocupación. Su tono de voz era terriblemente suave.
Las clases terminaban a las cinco y media, y ya eran las ocho…
Al llegar a casa y no verla, y con su teléfono apagado, Rogelio se había preocupado tanto que ni siquiera se había cambiado de ropa.
Justo cuando iba a investigar su paradero, la llamada entró.

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