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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1536

Al ver a Aldana Carrillo, el rostro de Lucrecia Mendes cambió drásticamente.

El escándalo de la familia Mendes estaba en boca de todos. Sus padres ya estaban a punto de divorciarse.

Y el Grupo Mendes... ni se diga.

La repercusión había sido tan masiva que muchos socios cancelaron sus contratos de inmediato.

Desde que falleció su abuelo, el desarrollo del corporativo había sufrido un golpe tras otro.

Ahora, todo era un caos absoluto.

Nadie sabía cuánto tiempo más podrían resistir.

Y luego estaba ella.

Lucrecia se secó las lágrimas a escondidas, sintiéndose inmensamente agraviada.

¡Ella también era una víctima en todo esto!

Ese hombre le había jurado que ya no sentía nada por su esposa y que el divorcio era inminente. Le prometió que, en cuanto firmara los papeles, se casaría con ella.

¿Cómo iba a saber que la estaba engañando?

La esposa de ese sujeto la acorraló en un callejón y llevó a un grupo de personas para darle una paliza.

Incluso la amenazó diciendo que, cada vez que la viera, le volvería a dar una golpiza.

El rumor corrió como pólvora por toda la universidad, y ahora todos la miraban con desprecio.

Tenía la cara llena de moretones; daba pena ajena.

—Aldana, debes de estar muy orgullosa de todo esto, ¿verdad? —le reclamó Lucrecia con los ojos enrojecidos y voz venenosa.

—¿Ah? —Aldana levantó levemente una ceja y soltó una risa fría—. Pues sí, la verdad es que sí. ¿Y qué?

Lucrecia se quedó atragantada con la respuesta, incapaz de articular una sola palabra para defenderse.

Era cierto.

Ahora Aldana era intocable, ¿qué podía hacer ella al respecto?

—Tú... tú... —Lucrecia tartamudeó durante un buen rato, pero no logró formular ni media frase.

La multitud a su alrededor crecía, y los murmullos se hacían cada vez más fuertes.

—Uy, qué descaro.

—Qué fuerte está el chisme.

—Qué sinvergüenza.

—Híjole...

Cualquiera que pasara por ahí pensaría que se había metido en un estanque lleno de ranas croando a todo volumen.

—¡Hmp! No me van a destruir, ya lo verás —Lucrecia bajó la cabeza, con el rostro ardiendo de vergüenza, y huyó rápidamente del lugar.

«Tsk».

Aldana esbozó una sonrisa indiferente y continuó su camino hacia el salón de clases.

***

—¿A eso le llamas castigo? —Aldana se acercó y le dio un mordisquito en la barbilla. Sus ojos, húmedos y con un brillo de falsa indignación, lo acusaron—: Eres un aprovechado.

—Je. —Rogelio aprovechó la cercanía para envolverla en sus brazos, rozando su barbilla contra el cabello de ella, y murmuró con voz ronca—: Solo faltan seis meses para que sea legal.

Para entonces, las cosas que podrían hacer serían muchas más.

—Ya, cállate —Aldana no se molestó en apartarlo, simplemente se recargó en su pecho y ordenó con voz fría—: Iván, ¿trajiste todos los documentos?

—Sí, Señorita Carrillo. Todo está listo —respondió Iván desde el asiento delantero.

—Vamos al Grupo Mendes —ordenó Aldana, cerrando los ojos lentamente.

Ya era hora de poner a la familia Mendes en su lugar.

Su abuelo, desde el más allá, seguramente la entendería.

***

Grupo Mendes.

Justino Mendes estaba sentado en su oficina, con el rostro pálido como la muerte.

Su familia se caía a pedazos y su empresa también.

Ahora toda la junta directiva se había aliado para destituirlo.

«Qué ridículo», pensó Justino con una risa amarga.

El Grupo Mendes había sido fundado por su padre; él era el único heredero.

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