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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1537

Mientras él no cediera su puesto, ¿qué podían hacer esos viejos trastos de la junta directiva?

—Presidente Mendes —la secretaria tocó la puerta y entró temblando, sosteniendo unos contratos—. Otras dos empresas acaban de cancelar sus acuerdos con nosotros. Con lo de estos últimos días, ya perdimos dos tercios de nuestros socios comerciales.

Si las cosas seguían así, el flujo de caja del corporativo no aguantaría mucho más.

—Comunícame con el director del Banco del Alba —ordenó Justino con frialdad tras revisar los documentos.

Pasara lo que pasara, él llevaba décadas moviéndose en el mundo empresarial del Continente del Norte.

Un barco grande no se hunde tan fácil. Se negaba a creer que no podría superar esta crisis.

—Hola —se escuchó una voz al otro lado de la línea—. ¿Con quién hablo?

—Hola, soy el presidente del Grupo Mendes —respondió Justino, forzando una sonrisa amable—. Hace poco cenamos juntos, ¿se acuerda...?

—Pip, pip, pip...

Antes de que pudiera terminar, le colgaron la llamada.

¡Maldición!

Justino, negándose a aceptar la derrota, intentó contactar a los directores de otros bancos.

El resultado fue idéntico.

En cuanto escuchaban su nombre, le colgaban o lo rechazaban directamente.

Al final, ya nadie quería contestarle el teléfono.

—¡PUM! —Justino, enfurecido, barrió con el brazo todo lo que había sobre su escritorio, tirándolo al suelo.

Si alguna vez descubría quién había esparcido los rumores, le haría la vida imposible.

Justo cuando estaba perdiendo la cabeza, la secretaria volvió a tocar la puerta, temblando de miedo.

—Presidente... la Señorita Carrillo y el señor Rogelio están aquí.

—¡No voy a recibir a nadie! —gritó Justino, furioso, pensando que eran más periodistas buscando chismes, pero de repente se detuvo en seco—. Espera, ¿dijiste la Señorita Carrillo y Rogelio Lucero?

—Sí —la secretaria asintió y añadió en voz baja—: Es la antigua primogénita, Aldana, y el presidente del Grupo Lucero, el señor Rogelio Lucero.

La secretaria llevaba muchos años en la empresa, por lo que conocía perfectamente la historia entre Aldana y la familia Mendes.

Cuando el viejo fundador aún vivía, solía traer a la joven Aldana a la oficina con frecuencia.

La chica era un genio; con solo un par de palabras podía identificar los problemas de desarrollo de la compañía.

Incluso ayudaba a los empleados a organizar propuestas y daba ideas brillantes.

Aldana observaba el entorno. En una de las paredes colgaba la historia de la fundación de la empresa.

Allí estaba la foto de su abuelo.

Se veía tan amable, con esa sonrisa cálida y acogedora.

—Mi abuelo adoraba sonreír. Cada vez que lo hacía, los ojos se le hacían una rayita —dijo Aldana mirando a Rogelio, con una expresión cargada de melancolía—. Yo le bromeaba diciendo que tuviera cuidado, que si me perdía, no iba a poder encontrarme con los ojos así.

—Pero al final, fui yo quien lo perdió a él.

A Aldana le picó la nariz y sus ojos se enrojecieron.

—Rogelio, extraño mucho a mi abuelo.

—Lo sé. —Rogelio la abrazó. Recordando aquella vez en la que lo confundió y lo trató de "abuelo", trató de consolarla—: Debí haberte conocido antes. Así habría podido conocer al abuelo en persona, y él habría estado tranquilo de dejarte en mis manos.

—Qué imaginación la tuya —Aldana le lanzó una mirada, sintiéndose un poco mejor—. Yo ni siquiera era mayor de edad en ese entonces. Si te atrevías a decirle algo así, mi abuelo te habría roto las piernas.

—¿Así de mucho te amaba? —Rogelio le rozó la punta de la nariz, hablando con voz ronca—. No importa, yo te amaré mucho más que él, mi niña.

Para siempre.

Solo a ti.

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