Los socios comerciales observaban todo al mismo tiempo.
El ambiente en el lugar era sumamente tenso.
La prueba de vuelo de ese día era crucial. Si algo salía mal, todo el esfuerzo previo se iría a la basura.
Los presentes sudaban frío, con el corazón en la garganta.
Esa media hora se sintió como si hubieran pasado siglos.
Finalmente...
El último dron cruzó la línea trazada, apagó con éxito la fogata de prueba y regresó al punto de inicio.
La prueba de vuelo había terminado a la perfección.
Héctor se quitó los auriculares, se volvió hacia el representante de los socios y preguntó sin rodeos:
—¿Alguna duda?
—Por supuesto que no —respondió el extranjero rubio, encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Ha sido impecable. ¿Cuándo podemos firmar el contrato?
—Si no les importa, podemos hacerlo ahora mismo —Héctor sacó el contrato que ya tenía preparado y sonrió de medio lado—. Tengo prisa por regresar a ver a mi esposa.
—¿Esposa? —El socio abrió los ojos de par en par, sorprendido—. Héctor, no sabíamos que estabas casado.
—Es cuestión de tiempo. —Héctor firmó su nombre con un trazo firme y decidido—. Ya hemos pasado suficientes días lidiando con esta montaña. ¿Podemos volver ahora?
Las condiciones habían sido muy duras. Todo el equipo había llegado con mucha energía, pero tras varios días de agotamiento, parecían cavernícolas.
El socio terminó de firmar y le tendió la mano.
—Un placer hacer negocios.
—El placer es mío —respondió Héctor.
Al concluir el trabajo, el equipo emprendió el viaje de regreso.
A mitad de camino, uno de los técnicos advirtió que se acercaban vientos huracanados en la próxima media hora.
—¿Media hora? —El socio frunció el ceño con frustración—. Este terreno es demasiado accidentado, en media hora no llegaremos a una zona segura.
Habían revisado el clima recientemente. Sabían que habría viento, pero no esperaban que fuera peligroso.
—Señor Lucero, en este momento deberíamos...
—¡Pum!

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