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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1922

—Tsk, tsk, tsk. Un cachorrito sumiso llorando en vivo y en directo...

Sombra y Aldana Carrillo pasaban por allí en ese momento. Al presenciar la escena, Sombra no pudo evitar suspirar:

—El chico mantenido tiene el corazón roto por nuestra Lourdes... Pobre muchacho.

Los ojos de Aldana se oscurecieron. Esbozó una sonrisa sarcástica y habló con un tono pausado:

—¿De qué pobrecito me hablas? Ese tipo tiene muchos trucos bajo la manga.

—¿Uh? —Sombra, que tenía una paleta en la boca, ladeó la cabeza de golpe. Sus ojos lucían inocentes y ligeramente despistados—. ¿Qué quieres decir?

—Debería agradecer que solo está sufriendo por amor, porque si no... —Aldana arqueó sus delicadas cejas y añadió con pereza—, lo que se estaría tragando serían mis balas.

Sombra se quedó en las nubes:

—¿Ah?

El chico mantenido es abandonado por Lourdes y, encima, ¿Aldana quiere llenarlo de plomo?

¿Qué podía hacer?

De repente sintió aún más lástima por el cachorrito Darío.

***

En la habitación.

Gilda ya había terminado de arreglarse y estaba sentada en una silla jugando con su celular, muerta de aburrimiento.

Llevaba un ajustado vestido largo rojo, bordado con un hermoso fénix que delineaba perfectamente su figura con curvas.

Su peinado era muy sencillo: tenía todo el cabello recogido hacia atrás en un moño elegante, adornado con una flor roja de terciopelo.

Lucía un aura fresca, refinada y con una belleza majestuosa.

Gilda detestaba los procedimientos rígidos y complicados.

Lo máximo que toleraba era llegar al lugar, intercambiar anillos y que empezara el banquete.

Quería que todo terminara en dos horas.

Pero no pudo negarse a las súplicas de sus cuñadas y hermanas.

Le dijeron que querían «jugar un ratito» con Héctor.

—Está bien, pueden jugar, pero no me lo maten —había concedido Gilda con un suspiro.

Héctor no era como Rogelio Lucero. Ni su cerebro ni su resistencia física estaban para tantos trotes; no soportaría si lo atormentaban demasiado.

—Tranquila, tranquila. Te juro que no afectará su noche de bodas, jejeje.

Sombra se acercó al oído de Gilda, le dio un codazo suave y soltó una risita pícara.

Gilda, que de por sí no soportaba las bromas de doble sentido, se puso roja como un tomate.

—¡Vaya! Gilda se puso mucho rubor.

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