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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 20

—¡A la orden! —Inés sacó rápidamente los problemas, desde lengua y matemáticas hasta física, química y biología.

¿A esto le llamaba "algunos" problemas?

—Pollo frito con queso y un jugo de mango recién hecho, ayúdame porfa... —añadió Inés.

—Me parece bien —«Si de eso se trata, ya no estoy cansada», pensó Aldana.

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Aldana explicó todo con mucho detalle. Inés, con el bolígrafo en la mano, no se movió, mirándola con ojos estrellados y una sorpresa que la hacía parecer una pequeña marioneta.

—¿Hay algo más que no entiendas?

—No, nada —Inés negó rápidamente con la mano, llena de admiración—. ¡Ay, prima, eres increíble! Tu forma de resolver los problemas es incluso más sencilla que la de los maestros.

—Ponle mucho queso, me encanta —Aldana le dio una palmadita en el hombro a Inés, sacó un caramelo de mango del bolsillo, se lo metió en la boca y se fue al baño.

Justo en ese momento, Serena entró por la puerta. Al no ver a Aldana, preguntó confundida:

—Inés, ¿ya terminaste de darle clases a Alda?

Inés, desplomada sobre la mesa, miraba al techo con los ojos vacíos, completamente desmoralizada.

—¿Clases yo a mi prima? ¿Quién soy yo para merecer tal honor?

—¿Eh? —Serena no entendía nada.

—¡De ahora en adelante, mi prima es mi única diosa! —Inés, como si tuviera un desdoblamiento de personalidad, saltó de la silla y le contó en detalle lo que acababa de suceder.

—Entonces… —Serena estaba profundamente impresionada, con la boca abierta de incredulidad—. ¿Cuando ella dijo que estudiaría por su cuenta para entrar a la universidad no estaba bromeando?

—¡Claro que no! —Inés asintió enérgicamente, recogió los libros y, arremangándose, se dirigió felizmente a la cocina—. Bueno, mi prima se cansó de darme clases, así que voy a prepararle pollo frito.

Al oír ese nombre, los pasos de Aldana se detuvieron bruscamente y el movimiento de masticar la galleta se ralentizó.

—Dice que, si aceptas, te pagará lo que pidas —el cigarrillo de Sombra se apagó. Encendió otro, dejándolo consumirse entre sus dedos, muerta de curiosidad—. ¿No se supone que era impotente? ¿Por qué se gasta un dineral en una joya para regalar? ¿A quién se la dará?

Aldana ya no tenía ganas de comer galletas. Su mente estaba llena del recuerdo de la subasta del brazalete de jade, donde Rogelio había subido el precio, haciéndole pagar treinta y cinco millones de más.

¡Treinta y cinco millones! ¡Cuántos caramelos de mango y galletitas podría haber comprado con eso!

—Sé que estás ocupada, así que volveré a rechazar su oferta —dijo Sombra con una sonrisa.

—No hace falta —Aldana apretó los labios, y su voz, normalmente clara y melodiosa, sonó fría—. Acepto su encargo.

—¿Ah? —Sombra se quedó perpleja. ¿Por qué había cambiado de opinión tan de repente?

—¿Así que le sobra el dinero, eh? —Aldana levantó sus largas pestañas, y sus ojos claros se entrecerraron peligrosamente—. ¡Vamos a ver cuánto dinero tiene!

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