—¿Eh? —Sombra no entendía nada—. ¿Qué te hizo ese tipo?
—El brazalete —los ojos de la chica se tiñeron de una intensa furia, y las palabras salieron heladas de entre sus dientes.
Sombra casi se atraganta con el humo del cigarrillo y se enderezó de inmediato—. ¿Estás diciendo que el idiota que subió el precio del brazalete en el mercado negro y te hizo pagar treinta y cinco millones de más fue Rogelio?
Aldana no dijo nada, pero el sonido de sus dientes triturando la galletita era bastante inquietante.
—Entendido —dijo Sombra, disfrutando del drama—. Haré que se ponga en contacto contigo personalmente.
¡Meterse con el dinero de Aldana era peor que meterse con su vida!
Si no se equivocaba, ese Señor Lucero estaba a punto de perder una buena tajada.
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Tras colgar, Aldana guardó el teléfono en su bolso y caminó con sus largas y esbeltas piernas hacia el salón de clases. Justo al doblar una esquina, vio a Galileo y a Elena sentados en las escaleras, con cara de resignación total y dos pesadas pilas de documentos a su lado. Era evidente que estaban agotados.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó Aldana, alzando la vista al ver sus rostros enrojecidos.
—¿Tú, con ese cuerpecito? —Galileo la miró de arriba abajo. Sus piernas eran más delgadas que los brazos de él; parecía que un mal movimiento podría romperla. Respondió con desdén—: No, no, gracias. Mejor llámale a un par de chicos.
Elena, por su parte, miraba a Aldana, con la mente fija en aquel borrador lleno de respuestas.
—Qué molestia —dijo Aldana, arremangándose. Ante la mirada atónita de ambos, levantó las dos pilas de documentos, una en cada mano, sin el menor esfuerzo.
—Abran paso.
—¿Ah? —Galileo y Elena, tras unos segundos de confusión, se hicieron a un lado para dejarle pasar.
Aldana subió las escaleras de dos en dos, sin jadear ni sonrojarse, cargando las dos pilas de documentos a una velocidad sorprendente.


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