Reinaba el silencio entre los dos asaltacunas.
La tensión de sus peleas anteriores se transformó en una incomodidad palpable en ese momento. Después de todo, solo había un coche, así que tendrían que volver juntos.
—Tú… —Wilfredo se rascó el pelo y fue el primero en hablar—. Sube.
—De acuerdo.
Rogelio, sin hacerse del rogar, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
El interior del coche estaba en un silencio absoluto, solo interrumpido por el zumbido del motor.
—Ejem… —Wilfredo, tras recuperar la compostura, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y se lo ofreció a Rogelio.
—A Aldi no le gusta el olor a tabaco, lo dejé —lo rechazó Rogelio.
Desde que supo que Wilfredo estaba «siguiendo sus pasos», Rogelio sintió que podía caminar con la frente en alto. Si ambos eran unos asaltacunas, ¿quién era quién para juzgar al otro?
—Ah.
Wilfredo se quedó perplejo por un momento, luego guardó los cigarrillos en la guantera con una sonrisa.
—Vaya que le haces caso a mi hermana.
—Como debe ser —respondió Rogelio sin prisas mientras se ajustaba la corbata—. Es una tradición de la familia Lucero: hazle caso a tu esposa y te harás rico.
Wilfredo casi pierde el control del volante. Con una sonrisa forzada, dijo:
—Las reglas de tu familia… no están nada mal.
Al menos su hermana no sufriría si se casaba con él.
—Willy… —tras una pausa, Rogelio abrió los labios, su voz perezosa—. Sobre eso de ser un asaltacunas…
Esa frase le dio a Wilfredo justo en el orgullo. Recordó lo duro que lo había criticado en su momento, y ahora… ¡qué ironía!
—Ejem… —Wilfredo tosió un par de veces para disimular la incomodidad—. A veces, los asuntos del corazón no se pueden controlar. Mientras trates bien a Aldi, la edad no es un problema.
Rogelio lo miró, queriendo reír, pero se contuvo para no mostrar su satisfacción. *Mejor no*, pensó. Al fin y al cabo, era su futuro cuñado. Debía guardarle un poco de respeto.
—Mmm, Willy tiene razón —asintió Rogelio, mostrando su aprobación—. Los sentimientos pueden superar cualquier cosa, especialmente la edad.
—Estoy de acuerdo contigo.
—Otro día vamos por unas copas.
—Mejor a comer. A Aldi tampoco le gusta que beba.
Wilfredo estaba mudo.
Tsk. Su hermana sí que sabía mantener las riendas.
— — —
Mientras tanto, en el otro coche, Inés estaba sentada en un rincón con una expresión sombría, jugueteando con sus dedos. Era un gesto que hacía cuando estaba preocupada.
—¿Qué pasa? —Aldana la miró y le preguntó en voz baja—. ¿No te fue bien en el examen?
—Me fue muy bien.
Inés no quería preocupar a su prima. Además, la familia Palma no era gente fácil. Aunque su prima tenía la protección del señor Lucero, todavía no estaban casados. Temía que, si los Palma empezaban a esparcir rumores sobre ellas, involucraran a su prima y afectaran la opinión que la familia Lucero tenía de ella.
—Entonces está bien.
Aldana notó que estaba mintiendo, pero no la delató.

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