Una hora después, Aldana terminó el primer borrador usando la mano izquierda.
Un collar que combinaba gemas y diamantes cobró vida sobre el papel.
Una delgada cadena blanca sostenía un colgante en forma de copo de nieve.
En el centro del colgante, una gema de benitoíta, la favorita de Marcela, estaba rodeada por pequeños diamantes de una calidad excepcional.
Los colgantes se conectaban entre sí, evocando la imagen de una enredadera floreciendo en un alero o los fuegos artificiales estallando en el cielo nocturno.
El diseño era poético y de una belleza sobrecogedora.
—Un diseño increíble, Atenea.
Sombra le llevó un vaso de agua con limón a Aldana, elogiándola sin reparos.
—Rogelio tuvo mucha suerte de encontrarte.
La exquisitez del diseño era tal que podría exhibirse en la colección de un museo.
—Aunque, debo decir... —Sombra se sentó junto a Aldana y abrió su tablet, mostrando una foto de Rogelio—. No está nada mal.
Había encontrado su foto mientras investigaba a Leonardo.
Caray, su físico y su rostro eran realmente impresionantes.
—Qué bien formado está —dijo Sombra, apoyando la barbilla en su mano, en pleno modo chismoso—. Se ve delgado con ropa, me pregunto si tendrá músculos sin ella.
Aldana tomó un sorbo de agua y respondió con calma:
—Supongo que sí.
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Sombra, girándose hacia ella con una mirada de clara curiosidad.
Los dedos de Aldana se crisparon ligeramente alrededor del vaso mientras el recuerdo de aquel extraño sueño volvía a su mente.
Su pecho. Sus abdominales. La línea de Apolo...
Sí, definitivamente tenía músculos.
—Solo lo supuse.
Sintiendo un rubor en sus mejillas, Aldana bebió otro sorbo de agua para disimular y cambió de tema.
—¿Encontraste la información sobre Leonardo?
—Sí.
Sombra, sin notar su incomodidad, le mostró lo que había averiguado.
Era sencillo. Leonardo era adoptado, y sus padres adoptivos habían fallecido hacía muchos años.
Actualmente, Leonardo era el único miembro de la familia Valencia.



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