Poco después, un Koenigsegg gris plateado se detuvo a su lado.
La puerta se abrió y un hombre con un traje oscuro, de figura esbelta y aura distinguida, salió del coche y se acercó a ella con pasos largos.
—¿Llevas mucho tiempo esperando?
Una sonrisa se dibujó en los labios de Rogelio al ver a la chica sentada en el borde de una jardinera, esperando pacientemente.
Al segundo siguiente, su mirada se posó en la mano derecha de ella.
Estaba casi curada la última vez que la vio, ¿cómo se había hinchado tanto de repente?
¿Alguien la había molestado?
—No.
Aldana se puso de pie y, al mirar el rostro del hombre, arqueó una ceja.
Definitivamente era un rostro atractivo.
—Sube al coche.
Rogelio le abrió la puerta y la ayudó a entrar con cuidado.
—¿Qué te apetece comer?
—Lo que sea.
Los ojos de Aldana recorrieron el interior del coche hasta detenerse en una elegante caja de dulces sobre el asiento.
—Son todos para ti.
Al ver cómo miraba fijamente los dulces, Rogelio sonrió, se los entregó con un gesto cariñoso y dijo:
—¡Al Comedor del Bosque!
—Sí, jefe.
¿El Comedor del Bosque?
Aldana lo miró de reojo, abrió la boca para decir algo, pero finalmente guardó silencio.
En el camino, Rogelio se bajó del coche un momento.
Cuando regresó, traía consigo una taza de café y una caja blanca.
—Es de mango.
El hombre colocó el popote en el café y lo puso en la pequeña mesa plegable a la izquierda de ella. Luego, con voz suave, preguntó:
—¿Me dejas ver tu mano derecha?
Caballeroso, educado, mostrando un respeto absoluto por la chica.
Fue entonces cuando Aldana se dio cuenta de que la caja misteriosa contenía un medicamento desinflamatorio.
¿Estaba preocupado por su mano?



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