—¡Bip, bip, bip!
Justo cuando llegaban a la puerta, el monitor cardíaco de la habitación empezó a sonar de forma errática.
—Prima… —las piernas de Inés flaquearon y, por costumbre, miró a Aldana—. No le pasará nada, ¿verdad?
Aunque odiaba a los Palma y no quería reconocer a ese supuesto abuelo, no era su intención hacerle daño a nadie.
—Claro que le pasará algo —dijo Aldana, dándole una palmadita en la cabeza a Inés y esbozando una leve sonrisa—. Sufrió un derrame cerebral que lo dejó paralizado. Ha sido una suerte que haya aguantado hasta ahora con la medicación.
—Él mismo se buscó este final.
Fidel lo había enfurecido hasta el punto de desmayarse, pero fue la falta de un tratamiento adecuado lo que agravó su estado.
«Quizás su hijo menor, David, también estaba ansioso por tomar el control de la familia Palma. Qué lástima que el viejo fuera tan resistente y aguantara hasta ahora», pensó Aldana.
—A casa —dijo Aldana, levantando la barbilla. Con las manos en los bolsillos, se dirigió tranquilamente hacia la salida.
—Sí —Inés echó un último vistazo a la habitación del hospital. Su relación con la familia Palma había terminado para siempre. Sin más dilación, corrió para alcanzar a su prima.
***
Mientras bajaban, Aldana sintió un dolor agudo en el abdomen y un sudor frío le recorrió la frente.
—Prima, ¿estás bien? —preguntó Inés, preocupada al ver su palidez.
—Estoy bien —negó Aldana con la cabeza. Justo cuando iba a llamar a un taxi, sonó su teléfono.
—Aldi —la voz suave de Rogelio sonó al otro lado—. ¿Ya has terminado? Estoy en el estacionamiento del hospital.
—Sí —respondió Aldana, sin preguntarle por qué estaba allí. Pulsó el botón del segundo sótano en el ascensor.
Al salir, echó un vistazo y, efectivamente, vio el coche de Rogelio.

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