Veinte minutos después, el coche llegó finalmente a Luminara.
—Prima… —Inés quiso acercarse para ver cómo estaba Aldana, pero la imponente presencia de Rogelio la intimidaba.
—Es posible que la policía te llame para aclarar algunos detalles, y también tendrás que explicar lo que pasó con la familia de mi tía —le dijo Aldana—. Vete a casa a descansar.
—De acuerdo.
Inés miró a Aldana y luego al hombre que estaba a su lado.
«Está bien. Con el señor Lucero aquí, probablemente yo sobre», pensó.
***
De vuelta en casa, Rogelio depositó a Aldana suavemente en la cama y la arropó con la manta.
—¿Dónde están las pastillas?
—En el cajón de abajo.
Rogelio le dio un analgésico y se lo acercó para que lo tomara.
—Estás empapada. ¿Quieres cambiarte de ropa?
—No tengo fuerzas, no puedo —respondió Aldana, demasiado débil para mover un dedo.
—Yo… —empezó a decir Rogelio, con la intención de ayudarla, pero se detuvo al ver la mirada de asombro de la chica. Por poco se comporta como un salvaje—. ¿Quieres que llame a Eva para que te ayude? —preguntó Rogelio con dulzura.
—No —respondió Aldana, mirándolo con voz apagada.
—...De acuerdo.
Rogelio recordó que a ella no le gustaba que la tocaran, así que se limitó a limpiarle la cara con una toalla caliente.
Cuando terminó, la chica ya se había quedado dormida, con la cabeza apoyada en su mano.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector