Eva le había dicho que a Rogelio no le gustaba celebrar su cumpleaños, que cada año pasaba sin pena ni gloria y que no se lo decía a nadie.
Este año no era diferente.
Si no fuera por Eva, ella no lo sabría.
—Hoy me encontré en la calle con el asistente Eliseo —respondió Inés con sinceridad—. Se le escapó sin querer.
—Sí, sí, la semana que viene es el cumpleaños del señor Lucero —intervino Elena—. Qué casualidad, yo me encontré con el asistente Iván y también me lo dijo él.
—Yo también lo sé.
Galileo por fin pudo meter baza y dijo apresuradamente:
—Mi padre me dijo que el próximo fin de semana es el cumpleaños del inversor de la granja de cerdos y que le va a mandar algunos productos de la tierra.
¡Y el inversor no era otro que el señor Lucero!
Después de escuchar a los tres, Aldana entornó los ojos y al instante comprendió la artimaña del hombre.
—Aldana, ¿qué le vas a regalar al señor Lucero? —preguntó Galileo con curiosidad.
—¿Un regalo?
Aldana visualizó la pulsera que estaba haciendo. Una sonrisa se dibujó en sus labios y su tono de voz fue bastante frío.
—A un amigo normal, un regalo normal.
—¿Un amigo normal? —exclamaron los tres, sorprendidos.
Rogelio aún no se le había declarado, así que, ¿no eran amigos normales?
Además, había grabado sus iniciales “A y R” en la pulsera.
[Aldana].
[Todo depende de cómo se porte Rogelio].
***
Al día siguiente.
Aldana durmió hasta que se despertó por sí sola.
Después de comer, se subió a su moto y se dirigió tranquilamente a la escuela.
Tras toda una noche, el asunto había empeorado considerablemente.
Muchos especulaban que el cerebro detrás de la trama no había podido soportar la presión de la opinión pública y planeaba usar a Aldana como chivo expiatorio.
Otros decían que la rueda de prensa era para admitir su error.
Fuera cual fuera el caso, la vida de Aldana estaba destinada a la ruina.
***
Cuando llegó al Instituto Altamira, faltaba una hora para que comenzara la rueda de prensa.
Además, el Instituto Altamira y los profesores lo estaban pasando peor que ella.
Había oído que la información personal de algunos profesores había sido filtrada.
¿Podía quedarse de brazos cruzados?
—Entonces, ¿qué piensas hacer? —Andrea se acercó a ella, con el rostro envejecido lleno de preocupación.
—Callarles la boca, por supuesto.
Aldana tiró el vaso de agua a la basura y se levantó con aire despreocupado.
—Por cierto, ayúdenme a llevar una pizarra gigante al campo de deportes.
—¿Eh?
El director y los profesores la miraron atónitos, con la mente en blanco.
¿Una pizarra?
—Vamos, ya casi es la hora.
Aldana recorrió la sala con la mirada y dijo con frialdad, palabra por palabra:
—¡Quiero ver quién se atreve a dudar!
Ella, Aldana, era la cura para todos los incrédulos.

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