—¿Ah, sí?
Al ver el atractivo rostro de Rogelio de repente tan cerca, el corazón de Aldana dio un vuelco. Tras unos segundos de desconcierto, sus hermosos labios se curvaron en una sonrisa y, sin retroceder, respondió:
—¿Y cómo quiere el señor Rogelio que se lo agradezca?
La pregunta, ahora devuelta, puso a Rogelio en un aprieto.
¡Había tantas cosas que quería hacer!
Después de mirarse fijamente durante unos segundos, Rogelio, como un globo desinflado, le acarició suavemente el cabello con la yema de los dedos y le susurró con una voz casi inaudible:
—Espera a que crezcas un poco más.
«¿A que crezca un poco más?», pensó Aldana, sintiendo un leve calor en sus mejillas. «¿Se refiere a lo que estoy pensando? ¿O será que... no puede y por eso no hace nada?».
Al pensar en esto, Aldana se mordió el labio. Decidió que esa noche le tomaría el pulso a escondidas.
Si tenía un problema, había que tratarlo.
***
Después de cenar, Aldana se preparó para dormir y se acostó en la cama a revisar su celular.
Rogelio, tras terminar su trabajo, levantó las sábanas y se acostó a su lado.
—¿Por qué no duermes todavía? —preguntó el hombre en voz baja después de mirar la hora.
«Con el cansancio del campamento de inducción y la falta de descanso, debería estar agotada», pensó.
Sin decir una palabra, Aldana se giró de repente y lo inmovilizó bajo ella, sujetándole las muñecas con ambas manos.
El cuerpo de Rogelio se tensó ante el movimiento inesperado. Con el ceño ligeramente fruncido y la voz ronca, preguntó:
—¿Qué pasa, Aldi?
«¿No se da cuenta de lo peligroso que es este gesto?», se preguntó él.
—¡Shhh!
Para no herir su orgullo, Aldana se movió sutilmente hasta adoptar una postura que le permitiera tomarle el pulso sin que se notara.
Rogelio no se atrevió a moverse, dejándola recostada sobre él, e incluso esperando con ansias su siguiente movimiento.
Pero…
Diez segundos…
Veinte segundos…
Todo el cuerpo de Rogelio se puso rígido. Algo en él pareció despertar.
Aldana bajó la mirada y vio el bulto que se formaba bajo las sábanas.
«Con esto debería ser suficiente, ¿no?», se dijo. «Entonces, las veces anteriores que se echó para atrás fue porque se estaba conteniendo mucho».
¡Vaya!
«Señor Rogelio, un verdadero maestro del autocontrol», pensó con ironía.
—Aldi, tú…
Al ver la mirada fija de la chica, el corazón de Rogelio se desbocó.
Justo cuando pensaba en dar el siguiente paso…
—A dormir.
Aldana se apartó bruscamente de sus labios, se dio la vuelta y se acostó a su lado, dándole la espalda.
La cabeza de Rogelio dio un vuelco.
«¿Así que solo enciendes el fuego y no te haces cargo de apagarlo? ¡Qué chica tan pícara!», pensó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector