Rogelio miró a la chica que le daba la espalda, durmiendo plácidamente después de haberlo provocado sin asumir las consecuencias.
Luego se miró a sí mismo, a su cuerpo que no le respondía a la razón…
—Ja…
El hombre cerró los ojos y una sonrisa de total resignación se dibujó en sus labios.
De acuerdo.
Esa muchacha sabía exactamente cómo torturarlo.
Un rato después, Rogelio se levantó y fue al baño. Abrió la llave y se dio una ducha de agua fría durante media hora.
Cuando por fin logró calmarse, regresó a la habitación, pero al ver a la chica, recordó sus besos «inesperados».
No mucho después, el sonido del agua volvió a oírse en el baño…
***
Al día siguiente, Aldana abrió los ojos y se encontró con la mirada de Rogelio.
—¿Despertaste?
Rogelio le acarició el largo cabello. Sus ojos, profundos y soñadores, la observaban mientras su voz grave resonaba:
—¿Dormiste bien anoche?
—Sí, bastante bien —respondió Aldana con seriedad, parpadeando.
—Me alegro.
Rogelio frunció los labios, con una expresión de leve resentimiento, y añadió con voz apagada:
—¿Hay algo que quieras decirme?
—No, nada.
Aldana se incorporó y se estiró, habiendo olvidado por completo los «besos forzados» de la noche anterior.
«¿Nada?».
Rogelio la miró fijamente, sintiéndose aún más frustrado.
«¿Ya no se acuerda de los besos de anoche?», pensó. «¡Y fueron dos!».
¡Dos!
Al no oír respuesta, Aldana levantó la vista confundida y vio los labios apretados del hombre.
De repente, el recuerdo de su «crimen» de la noche anterior invadió su mente.
Bueno…
Al parecer, sí había pasado algo.
En realidad, solo estaba tratando de diagnosticarlo, aunque usó el método más directo posible.
No tenía malas intenciones.
Sin embargo, pensándolo ahora, sí que se había parecido un poco a una bandida abusando de un pobre inocente.

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