Aunque no pertenecían al mundo de las fuerzas especiales, conocían muy bien la «Escuela de Cazadores». Un lugar con un entorno hostil y un proceso de selección extremadamente duro, donde muy pocos soldados lograban superar todas las pruebas de entrenamiento y salir con vida. Y ni hablar de ser una instructora de alto rango.
Para obtener ese puesto se necesitaba una fortaleza mental, una condición física y unas habilidades de combate de primer nivel.
¿Y Gilda, con solo veinticinco años, ya era instructora de alto rango?
Al ver su piel bronceada y su cuerpo delgado, los tres sintieron, además de asombro, una profunda punzada de dolor. No podían ni imaginar por todo lo que había tenido que pasar para llegar a donde estaba.
—Ah, y por cierto, ahora también soy su hermana.
Gilda, con total serenidad, dejó el informe de la prueba de ADN sobre la mesa.
Los tres se quedaron un poco aturdidos al ver el informe.
—Hola.
Leonardo fue el primero en reaccionar. Tragó saliva y se acercó con voz ronca, extendiéndole la mano.
—Soy Leonardo, tu hermano mayor.
—Hola —respondió Gilda.
—Soy Félix, tu segundo hermano. —Félix también le tendió la mano, saludándola cortésmente.
—Hola —respondió Gilda, apretando los labios.
—Y yo soy Wilfredo, tu… —Wilfredo fue el último en presentarse, pero antes de que pudiera terminar, Gilda se le adelantó:
—A ti te conozco, Tercerito.
Las palabras que Wilfredo iba a decir se le quedaron atoradas en la garganta y su expresión se volvió sumamente complicada. «¿Tercerito?». Parecía que jamás podría librarse de ese apodo.
Al ver la cara de Wilfredo, Gilda parpadeó y le explicó con seriedad:
—Como de pequeña siempre me metía contigo, te recuerdo mejor que a los demás.
Los tres la miraron al mismo tiempo, sin entender.
—Si no, ¿podrían llamar a Aldi para que venga? Quiero verla —dijo Gilda con los ojos brillantes y el rostro lleno de expectación.
Los tres hermanos se miraron entre sí con una expresión difícil de describir. Estaba claro que, para ella, la única que importaba era su hermana pequeña.
—Ahora mismo le aviso.
Leonardo sacó el teléfono para enviarle un mensaje a Aldana.
—Si no hay ningún contratiempo, podrán verse en media hora.
—Bien.
Una sonrisa apareció por fin en el rostro habitualmente frío de Gilda. Sin embargo, la sonrisa apenas duró un par de segundos. De repente, sintió que había gente afuera.
«¿Será que mi identidad ha sido descubierta y mis enemigos han venido a por mí?»

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