—¡Si no le temen a la muerte, que vengan!
Aldana arqueó una ceja con pereza, su tono increíblemente arrogante.
Sombra se quedó sin palabras.
Tenía razón. ¿Quién, sin amor por su vida, se atrevería a provocar a esta reina?
La Alianza del Cracker simplemente no había recibido suficientes palizas y todavía se atrevían a buscar problemas.
Tras colgar, Aldana se puso el casco y, con una maniobra impresionante, la motoneta salió disparada de entre los deportivos como una ráfaga de viento.
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Media hora después, Aldana llegó al mercado negro más famoso del Continente del Norte.
Oculto bajo tierra, donde el comercio se realiza en la penumbra, sin ver la luz del día. Allí se reunían todo tipo de objetos extraños, así como personas y cosas que operaban al margen de la ley.
El brazalete de jade que buscaba estaba aquí.
Aldana estacionó su motoneta, se metió un caramelo en la boca y, con las manos en los bolsillos, caminó tranquilamente por la calle principal.
Debido a su ubicación subterránea, el lugar nunca veía el sol y las luces le daban un aspecto extrañamente siniestro. Nadie se atrevía a entrar aquí solo. Y mucho menos una chica, paseando sola y con tanta confianza por las calles.
Esa actitud tan desafiante no tardó en alertar a la gente de la familia Lucero que se encontraba por la zona.
Aldana dio una vuelta y finalmente, en una tienda de antigüedades en un rincón, encontró lo que buscaba.
Un brazalete de jade imperial de la más alta calidad.
Cuando eran jóvenes, la empresa de su abuelo sufrió una crisis, y su abuela, con gran pesar, lo vendió para conseguir dinero.
Durante años, su abuelo había intentado recuperarlo, pero murió sin tener noticias de su paradero.
—¡Quiero este brazalete!
Tras confirmar que era el objeto correcto, Aldana levantó ligeramente la vista y habló.
—¿Quién quiere comprar algo?
Un hombre de mediana edad, que jugueteaba con una pulsera, salió corriendo alegremente.
Al ver quién era, su rostro se agrió de inmediato.
Aunque iba bien cubierta y llevaba cubrebocas, se notaba que era una jovencita. Además, vestía ropa gastada, como si fuera una mendiga.
—¡Fuera, fuera, no molestes! —dijo el dueño de malos modos, sentándose en una silla y jugando con una taza de té—. Esto cuesta cinco millones. ¿Acaso tienes quinientos pesos encima?
Aldana masticó el caramelo más despacio. Sus ojos, antes bajos, se tiñeron de un matiz violento mientras sacaba una tarjeta bancaria y la arrojaba sobre la mesa.
«¿Eh?».
El dueño, mientras bebía su té, le pidió a un empleado que verificara el saldo, medio incrédulo.
Como era de esperar, realmente tenía cinco millones.
Bueno, originalmente había comprado el brazalete por tres millones; venderlo por cinco era una buena ganancia.
—Jefe, la otra parte ofrece veinte millones —informó Iván respetuosamente.
—Sigue subiendo.
Rogelio ni siquiera levantó la cabeza. Su voz era grave y lenta, como la de un rey que domina el mundo.
—Ah, pues...
Tras escuchar la última oferta y la información del empleado, el dueño le advirtió:
—Niña, ríndete. La otra parte podría ser peligrosa.
Había oído que la matrícula del deportivo comenzaba con la letra S. En todo el Continente del Norte, solo la centenaria y prestigiosa familia Lucero se atrevía a usar la S en sus matrículas.
La residencia de la familia Lucero estaba precisamente en la capital.
¡No podía permitirse ofenderlos!
Aldana giró la cabeza ligeramente, su mirada afilada y fría, su tono al límite de la impaciencia:
—¿Y crees que yo soy fácil de intimidar?
El dueño estaba atónito.
¿De dónde había salido esta mocosa? Vestía de forma corriente, pero gastaba decenas de millones sin pestañear.
¡Estaba acabado! ¡Ahora no se atrevía a ofender a ninguno de los dos!

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