En la mesa.
Rogelio tenía el ceño fruncido, con poco entusiasmo y, al parecer, sin mucho apetito.
—Señorita Carrillo, aquí tiene su sopa. —Eva dejó el tazón y de paso miró de reojo al hombre a su lado.
«Vaya».
«Qué cara tiene el señor Lucero».
«¿No estaba esta mañana de lo más contento subiéndole el sueldo a todo el mundo?».
«¿Habrá discutido con la señorita Carrillo?».
Pero…
Eva ladeó la cabeza y volvió a mirar a la chica que comía felizmente y ya iba por su tercer plato de arroz.
El apetito de la señorita Carrillo no parecía el de alguien que acababa de discutir.
En fin.
Los pensamientos de un hombre enamorado eran realmente difíciles de descifrar.
—Eva, ya puede ir a descansar —le recordó Aldana en voz baja, mientras revolvía su caldo de huesos.
—Claro que sí.
Eva asintió y se retiró en silencio.
El comedor quedó en silencio.
Rogelio finalmente dejó los cubiertos y miró a la joven que comía con dedicación al otro lado de la mesa, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Aldi, ¿continuamos?
—¿Eh?
Aldana levantó la cabeza y se encontró con la profunda mirada del hombre, su delicado rostro mostraba confusión.
—¿Continuar con qué?
Era obvio.
Ya no recordaba lo que había pasado antes.
Rogelio se quedó sin palabras.
Al principio se sintió un poco ofendido, pero luego pensó que su Aldi nunca había sido una chica con mucha «inteligencia emocional».
Pasar de ser su «abuelo» a su novio ya era todo un logro.
Probablemente necesitaría más tiempo para que ella entendiera estas cosas de hombres y mujeres.
Se notaba que tenía hambre, y no quería interrumpir más su comida.
—No es nada.
Rogelio levantó la mano y acarició suavemente la cabeza de la joven, diciendo en voz baja y suave:
—Come.
—Ah, bueno.
Aldana bajó la cabeza y, mientras comía, una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.
Unos minutos después.
Al ver la expresión deprimida del hombre, Aldana tomó la iniciativa y le sirvió una costilla de cerdo.
—Gracias, Aldi.


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