Frente a él, la jovencita por la que se preocupaba tenía a alguien sometido contra el lavabo.
A un lado, una pareja de mediana edad observaba, al borde del colapso pero sin poder hacer nada. Parecían ser sus padres adoptivos. Aunque en apariencia fue la familia Mendes quien la adoptó, en realidad fue Joaquín. Sus padres adoptivos no la trataban bien.
Al confirmar que la chica estaba bien, el corazón acelerado de Rogelio volvió a su ritmo normal. Marcó el número de Eliseo.
—Borra todas las grabaciones de seguridad del restaurante.
—Jefe, ¿se refiere a este restaurante, donde estamos comiendo? —preguntó Eliseo, vacilante, tras un par de segundos de desconcierto.
No se suponía que iba a buscar a la señorita Carrillo, ¿por qué de repente mencionaba las cámaras de seguridad?
—Sí —la mirada de Rogelio se endureció, su voz cargada de un peligro extremo—. Bórralas hasta el punto de que sea imposible recuperarlas.
—Además, encuentra a todas las personas que pasaron por el pasillo del baño en los últimos quince minutos.
—No quiero que aparezca en internet ninguna noticia sobre Aldana golpeando a alguien.
¿La señorita Carrillo golpeando a alguien?
Al recordar la vez anterior en que la señorita Carrillo había golpeado a alguien, con esa mezcla de ferocidad y estilo, Eliseo sintió una oleada de emoción.
¿Cuándo había pasado? De haberlo sabido antes, le habría gustado presenciarlo, para aprender un poco.
—Sí, jefe.
Eliseo colgó el teléfono y corrió inmediatamente a la sala de monitoreo.
Había una cámara en la entrada del baño que había grabado perfectamente a Aldana en acción.
¡Vaya, vaya, vaya!
Al ver la escena de Aldana ajustando cuentas, Eliseo no pudo evitar maravillarse.
A pesar de lo delgada y joven que era la señorita Carrillo, cuando se trataba de pelear, era increíblemente genial.
Si en el futuro realmente terminaba con el jefe...
Si llegaban a pelear, ¡probablemente el jefe saldría perdiendo!
Cuanto más lo pensaba, más ansioso estaba Eliseo por que llegara ese día.
En ese momento, parecía una loca. ¿Quién sabía si no sería capaz de herir de verdad a Lucrecia?
—Mi paciencia con ustedes tiene un límite —Aldana le dio unas palmaditas en la mejilla a Lucrecia, su voz desprovista de emoción—. Si me provocan, ajustaremos cuentas nuevas y viejas de una sola vez.
¿Cuentas nuevas y viejas? Al oír esto, Justino y su esposa intercambiaron una mirada.
—Cuando tenía seis años, aprovechaste que el abuelo no estaba para encerrarme en el ático durante un mes, dándome solo un pan y medio vaso de agua cada dos días. ¿Crees que lo he olvidado? —Durante ese mes casi muere de hambre, quedando en los huesos. Fue precisamente por ese miedo a pasar hambre que su apetito se volvió más grande que el de una persona normal.
La señora Mendes abrió la boca para replicar, pero al pensarlo mejor, se dio cuenta de que era verdad.
—¡Y tú! —Aldana miró a Justino, su rostro pálido, sus ojos inyectados en sangre—. Cada vez que alguien de la familia Mendes cometía un error, toda la culpa recaía sobre mí. Comer, beber, apostar... ¿qué tenía que ver yo con todo eso?
Justino frunció el ceño y no dijo nada.
Nunca había considerado a Aldana como su hija. Le daba de comer y de vestir, ¿qué importaba si asumía la culpa por la familia de vez en cuando?
—En cuanto a ti... —Aldana bajó la vista, su mirada fría se posó en el rostro de Lucrecia—, ¿necesitas que te lo recuerde todo, una cosa a la vez?
Lucrecia apretó los dientes, temblando de pies a cabeza.

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