—Y todas esas cosas que le hicieron al abuelo, no crean que no lo sé.
Al mencionar a su abuelo, Aldana soltó a Lucrecia, le dio unas palmaditas en la mejilla y un destello peligroso cruzó su mirada.
—Si quieren morir, sigan provocándome.
Aldana no le debía nada a nadie, excepto a su abuelo.
Le había prometido que no sería demasiado rencorosa.
Pero una vez que su deuda de gratitud estuviera saldada...
No dejaría escapar a ninguno de los que se habían metido con ella.
—Mamá.
Finalmente libre de las garras del demonio, Lucrecia se arrastró tambaleándose hacia su madre.
—¡Vámonos de aquí! —exclamó Justino, ayudando a su esposa e hija a levantarse. Antes de irse, le lanzó una mirada fulminante a Aldana.
¡Esa mocosa salvaje era demasiado insolente!
Sabía demasiadas cosas de la familia. Si esto continuaba, podrían quedar a su merced.
Parecía que tendrían que encontrar una solución definitiva para deshacerse de ella de una vez por todas.
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Desde su rincón, Rogelio había escuchado cada palabra de Aldana.
Le gustaba comer porque la habían dejado morir de hambre durante un mes cuando era niña.
Su mala reputación se debía a que la habían culpado injustamente.
Quizás había muchas más dificultades y muchas más injusticias...
Rogelio frunció ligeramente el ceño, incapaz de imaginar cuántas penurias había tenido que soportar para desarrollar esa actitud defensiva que mantenía a todos a distancia.
Y solo tenía dieciocho años.
Tras unos segundos de silencio, el hombre se acercó y colocó suavemente su saco sobre los hombros de la chica, que estaba perdida en sus pensamientos.
—No te vayas a resfriar.
Aldana levantó la vista y se encontró con el rostro amable del hombre.
—¿Cuánto tiempo llevas viendo? —preguntó con voz ronca.
—Un rato —respondió Rogelio con sinceridad, una sonrisa cálida en sus labios—. Vi que les estabas enseñando a comportarse, así que no quise interrumpir.



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