Allá donde iba, la gente la aclamaba.
Al ver cómo los chicos que antes la halagaban ahora corrían hacia Aldana, Lucrecia apretó los dientes de rabia.
«¿Y qué si sabe jugar a un videojuego? ¿A qué viene tanto alarde?».
Hacía unos días, un equipo de producción había venido a la universidad en busca de talentos y se había fijado en ella. Por lo que le habían dicho, se trataba de un reality show con invitados muy famosos. Si aprovechaba esta oportunidad, sin duda se haría un nombre.
Y entonces…
¿Quién se acordaría de Aldana?
Además, Lázaro, a quien ella había dejado en ridículo, estaba buscando la manera de vengarse. Sus días de gloria estaban a punto de terminar.
Al pensar en esto, Lucrecia se sintió mucho mejor y se dirigió alegremente a su clase.
—
Mientras tanto, Aldana, después de librarse de los «fans» que le pedían autógrafos, volvió a su asiento y se puso a responder mensajes en su móvil.
Aldana: [¿Qué reality? ¡No me interesa!]
Leonardo: [El director es amigo mío, insistió en que te preguntara.]
[Está bien, ya sé que no te interesa, lo rechazaré por ti.]
Tras guardar el móvil, Aldana fue al despacho de Plácido.
El profesor probablemente se había pasado la noche en vela modificando un programa y se había quedado dormido sobre el escritorio, agotado.
Aldana cogió una manta y lo cubrió con cuidado. Luego, su mirada se posó en la pantalla del ordenador, donde se veía el código que el profesor había estado modificando.
Hizo clic para ejecutarlo. Después de observar todo el proceso, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
«No en vano es mi “viejo alumno”», pensó. Se notaba que se había esforzado mucho en aprender todos estos años; había progresado enormemente. Incluso a nivel mundial, estaría entre los mejores.
Sin embargo, a Plácido ya le pesaban los años y su vista ya no era la que era. Había cometido algunos errores al escribir las letras del código.


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