Sombra: [Me parece bien. Pide mil millones.]
Aldana: [?]
Sombra: [En el cheque solo se pueden escribir hasta novecientos noventa millones.]
Aldana: [.]
Sombra: [Ya sé que es un poco menos, pero no te preocupes.]
Aldana: [??]
Sombra: [Por lo que veo, ese hombre ya está completamente rendido a tus pies. Seguro que no soportaría dejarte. Si te pide que vuelvas, le pides diez mil millones.]
Aldana se quedó sin palabras ante la sugerencia.
Sombra: [Alda, ¿a que soy muy lista?]
Aldana: [No salgas cuando haya tormenta, no vaya a ser que te caiga un rayo.]
Sombra: [?]
Aldana: [Tranquila, no voy a salir perdiendo. Me voy a dormir.]
Tras enviar el mensaje, Aldana dejó el móvil en la mesita de noche y se quedó mirando fijamente la puerta del baño.
Se sumió en sus pensamientos.
Poco después, Rogelio salió del baño en albornoz, secándose el pelo con una toalla.
Al abrir la puerta, se encontró con la mirada intensa de la joven. Tenía el ceño fruncido y una expresión profunda en su hermoso rostro.
«¿Está de mal humor?».
—¿Qué pasa? —preguntó Rogelio con voz suave. Dejó la toalla y apoyó las manos a ambos lados de Aldana, mirándola a los ojos—. ¿Quién te ha hecho enojar?
—Tu respiración me molesta.
Aldana lo miró con fastidio, sintiendo una extraña opresión en el pecho. Lo apartó de un empujón y se dio la vuelta, ignorándolo.
Se quedó desconcertado. Se tocó la nariz.
«¿Ahora resulta que hasta mi respiración está mal?».
Bueno.
Si ella decía que estaba mal, pues estaba mal.
Rogelio decidió dejar que se calmara un poco. Se secó el pelo, levantó las sábanas y se metió en la cama.
—Aldi… —susurró Rogelio, tocándole suavemente el hombro, pero ella no le hizo caso.
—¿Te has dormido? —preguntó él a sabiendas, con una ligera sonrisa dibujada en los labios.
Sabía que todas las noches ella necesitaba acurrucarse en sus brazos para poder conciliar el sueño.
—Hay una pastelería en la calle Oeste que hace unos dulces buenísimos. El chef acaba de volver de un curso de especialización. He hecho un pedido por adelantado, mañana podemos ir a recogerlo.
Como no le respondía, Rogelio tuvo que recurrir a su arma secreta.


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