—Gracias.
Aldana tomó un trozo y, justo cuando se disponía a comer, escuchó a Brunilda decir:
—Aldi, ¿qué fue lo que te gustó de nuestro Rogelio?
Aldana dejó de masticar y levantó la vista, confundida.
—No me malinterpretes —se apresuró a explicar Brunilda—. Es que tengo mucha curiosidad por saber cómo logró conquistarte.
«La alumna perfecta».
«Una maestra del baile».
«Diseñadora de joyas».
«He oído que también compite en carreras de coches».
«Y lo más importante, es una jugadora increíble».
«Madre mía».
«Esta chica es prácticamente todopoderosa, y apenas tiene dieciocho años».
«¿Y se fijó en Rogelio?».
«¡De verdad que no lo entiendo!».
—Rogelio siempre ha tenido un carácter extraño desde pequeño, es frío con todo el mundo y nunca deja que ninguna chica se le acerque.
Brunilda no dudó en sacar los trapos sucios de su hijo.
—Antes hasta sospechábamos que le gustaban los hombres, ja, ja, ja.
...
Al oír la risa de su madre, el rostro de Rogelio se ensombreció.
—¿Ah, sí?
A Aldana se le contagió la risa y sus labios también se curvaron hacia arriba. Respondió en voz baja:
—Yo también pensaba que le gustaban los hombres.
—Menos mal que no.
A Brunilda le resultaba incómodo estirar el cuello para hablar, así que simplemente hizo que Rogelio se levantara. Intercambiaron asientos y ella corrió felizmente a sentarse junto a Aldana, para seguir cuchicheando:
—Aldi, todavía no tienes diecinueve, ¿verdad?
—Así es.
Aldana asintió.
«Vaya».
Brunilda levantó la vista para mirar a Rogelio con una expresión de absoluto desdén.
—Gracias, ¿eh?
—¿Eh? —El agradecimiento fue tan repentino que Aldana no supo cómo reaccionar.
—Si no fuera por ti, Rogelio se habría quedado soltero para toda la vida —soltó Brunilda sin pelos en la lengua.

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