—Mamá…
Rogelio entreabrió los labios, incapaz de contenerse.
—¿Qué pasa?
Brunilda lo miró con ferocidad y le espetó, furiosa:
—¿Acaso me equivoco? Aldi es una chica maravillosa. Si te atreves a perderla, verás cómo te rompo las piernas.
...
Las palabras que Rogelio iba a decir se le quedaron atascadas en la garganta. Solo pudo dirigir la mirada hacia su padre, que estaba a su lado pelando camarones para su esposa sin decir una palabra.
Rogelio: «¡Papá, di algo!» (intercambio de miradas).
Feliciano levantó la vista hacia su esposa por unos segundos y luego la retiró rápidamente.
Negó con la cabeza hacia Rogelio, respondiéndole con la mirada: «Si tú no te atreves a decir nada, ¿crees que yo sí?».
Rogelio se quedó sin palabras.
***
Durante la comida.
Brunilda no soltó a Aldana en ningún momento y no paró de hablar con ella.
Parecían hermanas de verdad, sin ninguna barrera entre ellas.
—Ya conociste a los abuelos, ¿verdad? —dijo Brunilda mientras le pasaba a Aldana todos los camarones que su esposo había pelado.
—Aldi es la salvadora del abuelo —respondió Rogelio por ella.
—¿De verdad?
Los ojos de Brunilda brillaron. Estaba aún más satisfecha con su futura nuera. Exclamó emocionada:
—¿Así que tú eres la Curanderita de la que tanto habla el abuelo?
—Solo fue un pequeño favor.
Aldana respondió con modestia pero sin servilismo mientras comía los camarones que Brunilda le había dado.
«Ay, qué educada».
«¿Cómo puede existir una chica tan educada?».
Brunilda miró fijamente a Aldana con una expresión que decía que, si pudiera, se casaría con ella en nombre de Rogelio.
Después de la comida.
Brunilda y Feliciano llevaron a Rogelio a un lado y le preguntaron con voz fría:
—Hemos oído que viven juntos.
—Sí —asintió Rogelio, respondiendo con sinceridad.
—Tú…
El rostro de Brunilda cambió por completo. Temiendo asustar a la chica que estaba en la sala, se esforzó por bajar la voz.
—¿Cuántos años tiene Aldi? ¡Cómo te atreves a ponerle una mano encima!
—Lo sé.
Rogelio asintió y, sin apartar la vista de la silueta de la joven, dijo con seriedad:
—No volveré a permitir que sufra.
—Bien.
La palabra de Rogelio era de fiar, así que Brunilda se quedó satisfecha.
Antes de irse.
Brunilda se acercó a Aldana y sacó dos cheques de su bolso.
—Para tus gastos. Gástalo como quieras, sin reparos, compra lo que se te antoje.
—Y cuando se te acabe, te daré más.
Temiendo que Aldana los rechazara, le metió los cheques en las manos y corrió de vuelta al coche para ordenarle al chófer que arrancara.
Aldana se quedó mirando el deportivo que se alejaba y luego los cheques que tenía en la mano, completamente desconcertada.
Uno por más de novecientos millones.
Los dos sumaban casi dos mil millones.
«¿Dos mil millones para mis gastos?».
—Acéptalo, es de mi mamá. —Rogelio la rodeó suavemente por la cintura con una leve sonrisa en los labios—. Se nota que de verdad le gustas mucho.

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