«¿Mamá?».
Al escuchar esa palabra, tan extraña y familiar a la vez, Aldana sintió una opresión en el pecho.
Brunilda era realmente una buena persona.
Por eso había podido criar a un hijo tan bueno como Rogelio.
A ella le gustaba su familia.
—Está bien.
Aldana tomó los cheques, y una leve sonrisa asomó en sus labios.
«Esta cantidad no era nada para la familia Lucero. Si lo rechazaba, solo conseguiría entristecer a Brunilda».
«Ya encontraré algo que le guste más adelante para devolvérselo como regalo».
***
De vuelta a casa.
Aldana estaba recostada en el pecho de Rogelio, con las imágenes de Brunilda y Feliciano llenando su mente.
Preguntó con curiosidad:
—¿El matrimonio de Brunilda no se hizo público?
—No.
Rogelio asintió levemente y respondió con una sonrisa:
—Mi madre era la hija de una familia adinerada de la capital, pero su familia cayó en desgracia y se vio obligada a entrar en el mundo del espectáculo para ganar dinero.
—En ese tiempo, conoció a mi padre por casualidad. Fue amor a primera vista, su relación se fue fortaleciendo y al final decidieron casarse.
—Para entonces, mi madre ya era algo famosa en el mundo del espectáculo. Si hubiera anunciado su matrimonio, con solo mencionar el nombre de la familia Lucero se habría hecho increíblemente popular.
—Pero mi madre es una mujer de carácter fuerte y no quería que la gente criticara su trabajo por su matrimonio. Así que ocultó la noticia, se pasó a la dirección y su carrera despegó, ganando numerosos premios nacionales e internacionales.
—Había otra razón para no hacerlo público…
Rogelio bajó la cabeza, sus ojos se posaron en el rostro de Aldana y una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—¿Por qué crees que me arrastraron al consorcio a trabajar como un burro cuando apenas era un adolescente?
Aldana parpadeó, esperando su respuesta.
—Porque la profesión de mi padre es muy especial. Pertenece a un sector confidencial y su identidad no puede ser revelada.
Por eso, hasta el día de hoy, nadie fuera de la familia sabe quién es la esposa del señor de la familia Lucero.
—Ah.
Después de escuchar a Rogelio, Aldana por fin lo entendió.


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