«La prueba soy yo. Yo soy la Señorita del Vacío».
Al escuchar las palabras de Aldana, un silencio sepulcral cayó sobre el auditorio. Cientos de ojos se clavaron en su rostro.
«¿Qué demonios?», pensaron todos. «¿Hemos oído bien?».
¿Esa adolescente se atrevía a proclamar, sin la menor vergüenza, que era la Señorita del Vacío?
Ja, ja, ja.
Era el chiste más absurdo que habían oído en todo el siglo.
—¿Eh? —Plácido se ajustó las gafas. Con la boca ligeramente abierta, miraba a Aldana con incredulidad.
¿Aldana decía que era la Señorita del Vacío?
No. Aquello... todo era un caos.
Aunque...
Ahora que lo pensaba, Aldana y su joven maestra sí que se parecían un poco.
¡¿Acaso la muchacha planeaba hacerse pasar por la Señorita del Vacío?!
—¿Dices que eres la Señorita del Vacío? —Los jueces se miraron entre sí y, tras unos segundos, una sonrisa de asombro apareció en sus rostros.
No estaban asombrados porque la Señorita del Vacío hubiera resucitado, sino porque...
¡¿Alguien era tan tonto como para hacerse pasar por la Señorita del Vacío frente a tantos jueces del comité internacional de programación?!
Qué tontos son los de Nuboria.
—¡Puf! —Boris no pudo contenerse y soltó una carcajada.
Uno plagiaba los fundamentos de la Señorita del Vacío y la otra se hacía pasar por ella.
No por nada eran maestro y discípula.
—Sí, soy la Señorita del Vacío —respondió Aldana con calma, de pie en su sitio.
El jurado se quedó perplejo.
Esa respuesta, sin un ápice de vacilación, dejó a los jueces desconcertados.
—La Señorita del Vacío falleció hace tres años —continuó un juez—. La noticia de su muerte fue de dominio público.



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