—¡Quién chingados se atreve a tocar a mi Alda!
Galileo, saliendo del baño, vio justo a tiempo cómo los mocosos del Instituto de la Capital estaban molestando a sus amigas. Corrió de inmediato al lado de Aldana y los fulminó con la mirada.
—Alda, no temas, yo te protejo.
—¿Que tú me proteges? —Aldana enarcó una ceja, con una sonrisa burlona asomando en sus labios. Luego, miró a los peleles que tenía en frente y dijo con indiferencia—: ¿Cómo le hacemos? ¿De uno por uno o todos juntos?
La cabeza de Galileo dio un vuelco, sin poder procesarlo. ¿No estaba Alda siendo demasiado arrogante? Eran varios, y todos hombres. A él no le importaba pelear, aguantaba los golpes, pero ellas eran chicas, una de ellas tímida y frágil. Saldrían perdiendo.
—Mejor todos juntos —dijo Aldana, consultando su reloj con aire de fastidio—. Tengo que volver para mi siesta, así que no perdamos el tiempo.
Los peleles se quedaron de a seis. ¿En serio? ¿Solo porque era Niebla ya se creía la gran cosa? Nunca habían visto a una chica tan engreída. Claramente, le faltaba una buena tunda.
—¿Para qué todos? ¿Para ustedes? —dijo el líder de los lacayos con frialdad, increíblemente arrogante—. Hoy van a aprender cuál es el precio de ofender a Lino.
—¡No se contengan, denles con todo! —añadió, seguro de que la familia de Lino, con su dinero, podía pagar por unas cuantas vidas sin valor.
Dicho esto, otro de los chicos se adelantó, apretando los puños en dirección a Aldana.
—¡Alda, cuidado! —gritó Galileo, con el rostro desencajado, intentando empujar a Aldana a un lado.
No pudo moverla. Al segundo siguiente, sintió que lo agarraban del cuello de la camisa y lo levantaban para ponerlo a un lado, justo a tiempo para esquivar el ataque.
La mente de Galileo se quedó en blanco. Para cuando reaccionó, el puño del agresor estaba a punto de impactar a Aldana.
—¡Alda, cuidado! —exclamaron Galileo, Elena y Tania al unísono.
—¡Vamos! —Los lacayos restantes se lanzaron en tropel.
En menos de dos minutos, todos estaban tirados en el suelo en distintas posturas, gimiendo de dolor y agarrándose las partes heridas.
¿Eh? Galileo seguía en posición de pelea, pero al final no tuvo oportunidad ni de lanzar un solo golpe.
Elena y Tania se quedaron paralizadas, con la mente en blanco. Aldana se había movido tan rápido que ni siquiera vieron cómo los había despachado. Esas habilidades solo las habían visto en películas de artes marciales.
—¿Qué tal? —dijo Aldana, sacudiéndose las manos. Volvió a tomar su limonada y bebió tranquilamente—. ¿Quieren más?
Los lacayos, heridos en distintos grados, la miraron desde el suelo, con muecas de dolor. No podían hablar, solo negaban con la cabeza. ¿Era siquiera una mujer? Parecía delgada y frágil, ¡pero peleaba como una bestia!

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