¿Y tú? —Aldana dio un paso adelante y se detuvo frente a Lino, mirándolo desde arriba—. ¿No que me ibas a matar?
Lino estaba furioso, pero no se atrevía a responder.
—¿Todo bien, entonces? —Aldana retiró la mirada, satisfecha, y se dirigió a los tres amigos que seguían en shock—. ¿Volvemos a clase?
—¿Ah? ¡Sí, vamos! —respondieron los tres al unísono, asintiendo como pollitos. Se pusieron en fila detrás de Aldana y la siguieron, sin separarse de ella.
—¡Aldana, ya me las pagarás! —gritó Lino, una vez que se hubieron alejado lo suficiente. Se levantó y la amenazó a sus espaldas—: ¡Mi papá no te la va a perdonar!
Aldana, que estaba bebiendo su café, se detuvo al oírlo. Antes de que pudiera siquiera girarse, Lino y sus lacayos ya habían desaparecido corriendo, aterrados.
*Tsk*.
Aldana esbozó una ligera sonrisa y soltó dos palabras con desdén:
—¡Imbéciles!
—¡No mames!
—¡No mames, qué chingón!
El silencio repentino en la cafetería fue roto por las exclamaciones de los empleados. Pensaban que los mocosos del Instituto de la Capital iban a armar un escándalo, pero terminaron haciendo el ridículo.
Esa chica era increíblemente ruda. No solo se había enfrentado a varios, sino que, si no se equivocaban, apenas se había movido durante la pelea. Era obvio que sabía pelear. Sin embargo, lo más probable era que a partir de ahora, a esa chica no le esperaran días fáciles.
—
De vuelta en el salón, Aldana se echó sobre su escritorio y se puso los audífonos para dormir. La noticia de su pelea fuera de la escuela ya se había esparcido como la pólvora.
—¿Es en serio? —le preguntó un compañero a Galileo, lleno de curiosidad—. ¿De verdad le tumbó los dientes a ese pendejo de Lino Spinoza?


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