«¿Acaso Alda de verdad quiere romper con Rogelio?», se preguntó Sombra.
La verdad es que, aunque el viejo era un poco mayor, sabía cuidar muy bien a la gente. Era evidente que Alda era más feliz desde que estaba con él. Si rompían, ella podría volver a ser la misma Fantasma sombría de antes.
—Conduce —dijo Aldana, reclinándose en el asiento trasero y cerrando los ojos con cansancio.
Primero resolvería los asuntos de la base principal y luego se encargaría de ese maldito.
¿Perseguirla? ¿Bombardear sus bases y barcos mercantes? ¿Y encima quería exiliarla a una isla desierta?
¡Qué agallas!
Iba a saldar todas esas cuentas con él, una por una.
Al pensar en Rogelio, Aldana sintió una punzada en el pecho, y se le hizo un nudo en la garganta y la nariz. La última vez que se había sentido así fue cuando salió a buscar hierbas medicinales para su abuelo.
Extrañaba a su abuelo.
***
Base principal.
Apenas se detuvo el coche, los maestros corrieron hacia Aldana, llenos de alegría.
—¿Por fin te dignas a volver? —dijo Casta, abrazándola con fuerza, con los ojos enrojecidos—. Mocosa insolente, ¿cómo te atreves a enfrentarte al líder de la Alianza del Cracker a nuestras espaldas? ¿Y si te hubiera pasado algo?
—Pero no pasó nada —respondió Aldana, dejándose abrazar y esbozando una ligera sonrisa.
—Eres una chica muy audaz —intervino Wenceslao. Su expresión era severa, pero su tono denotaba afecto—. Tuviste un accidente tan grave y ni siquiera nos avisaste.
—Y tú también, Sombra —añadió, mirando a la chica vestida de hombre que se escondía tímidamente detrás de Aldana—. Hay un límite para consentir sus locuras.
Sombra bajó la cabeza, sin atreverse a decir nada. Era cierto que por poco había puesto a Alda en peligro. Por suerte, el líder de la Alianza del Cracker era Rogelio; si hubiera sido cualquier otra persona, las consecuencias habrían sido inimaginables.
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