—¿Quién es tu abuela?
La voz de la anciana era enérgica y su grito resonó con fuerza.
—Eva me dijo que hiciste que Aldi se fuera. ¿Es cierto?
—Yo…
Rogelio miró a la espectadora que disfrutaba del espectáculo a su lado e instintivamente intentó explicarse.
—¿Tú qué? —La anciana lo regañó sin piedad—. Te lo advierto, tráeme a mi nieta política de vuelta ahora mismo. Si no lo haces, puedes despedirte de tus piernas.
—Así es.
Brunilda le quitó el teléfono, su tono era aún más apremiante que el de la anciana.
—Mi ídola tiene un carácter tan bueno, ¿y tú la hiciste enojar hasta el punto de que se fuera?
»¡Rogelio, Rogelio, mereces la muerte!
—Mamá…
Rogelio, que estaba recibiendo una regañiza monumental, no tuvo oportunidad de replicar.
—¡Silencio! —interrumpió Brunilda sin piedad—. En esta vida solo aceptaré a Aldi como mi nuera. Así como la perdiste, así me la traes de vuelta.
»Sabes cómo disculparte, ¿verdad? ¡Arrodíllate ante ella!
»Si no la traes de vuelta, tu padre y yo podríamos ponernos a practicar para tener otro.
Aldana, sentada a su lado, escuchaba en silencio la «lección» que le daban la anciana y Brunilda.
Luego, echó un vistazo a la cara de Rogelio…
Sí.
Parecía peor que cuando le habían disparado.
—¿Me oíste? —rugió Brunilda—. Te doy dos días. Si no traes de vuelta a mi ídola, no vuelvas a esta casa.
—Sí.
Rogelio, cansado de dar explicaciones, colgó el teléfono en silencio y miró a la joven.
Ella lo observaba con una sonrisa burlona mientras comía un bocadillo.
Claramente se estaba divirtiendo a su costa.
—Todavía te ríes… —Rogelio forzó una sonrisa y fingió estar dolido—. Me ves recibir una regañina y ni siquiera dices nada para explicar la situación.
Aldana enarcó las cejas y dijo con pereza:
—Descansa un poco. Por la noche iremos a ver a mis maestros.
«¿Sus maestros?».
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