El padre de Lino, Armando Spinoza, adoptó una postura de superioridad y dijo sin miramientos:
—Falta una chica, ¿no? ¡Dicen que ella fue la principal culpable! ¿Ya llegó su tutor? ¡Quiero preguntarle cómo educa a su hija!
—¡Entonces revisemos las cámaras! —dijo Isidro Salgado, el padre de Galileo, con voz grave.
—¿Las cámaras? —Armando, que ya se esperaba eso, respondió con total calma—: De acuerdo, traigan las grabaciones. Pero después no se echen para atrás.
Dicho esto, Armando ordenó a uno de sus hombres que entregara la grabación a un oficial.
Al verlo tan tranquilo, Isidro frunció el ceño. Este ruco definitivamente había manipulado algo.
La sala de mediación era un caos, y los oficiales ni siquiera podían meter baza. En ese momento, la puerta se abrió.
—¡Papá, es ella! —gritó Lino con arrogancia al ver entrar a Aldana.
Aldana levantó la mirada, revelando unos ojos claros y fríos, y observó a la gente del otro lado.
—¡F-fue ella la que me pegó! —Al encontrarse de repente con la mirada gélida y aterradora de la chica, el miedo instintivo de Lino se apoderó de él, haciéndole retroceder detrás de su padre con la voz debilitada.
—¿Así que tú eres la que golpeó a mi hijo? —Al oír a su hijo, Armando se acercó a Aldana con el rostro sombrío y lleno de ira.
—Señor, por favor, cálmese —dijo Andrea, interponiéndose inmediatamente frente a Aldana con una actitud firme pero respetuosa—. La investigación aún no ha concluido, no asuste a la joven.
—¿Cómo que no ha concluido? —replicó Armando, aún más enojado—. ¡Mire la cara de mi hijo, está lleno de heridas, le faltan dientes! Si no fue ella quien lo golpeó, ¿acaso se golpeó él solo?
—¡A ti te digo! —intervino Aldana, que hasta entonces había permanecido en silencio con la cabeza gacha. Levantó la vista y, con una voz helada, añadió—: ¡A ti te digo, LI-NO, el bebé que no ha dejado el pañal!
Esas pocas palabras fueron extremadamente intimidantes e insultantes.
Lino se acobardó de inmediato, incapaz de mirar a Aldana a los ojos, y se volvió hacia su padre.
—¡Papá, las pruebas y los testigos están aquí, haz que la arresten ya!
Él ya había investigado. Aldana tenía dieciocho años. Por agresión y lesiones, podría enfrentar hasta tres años de prisión. Él y sus amigos estaban bastante heridos; con un informe médico falso, sería fácil meterla a la cárcel.
Además, su padre había contratado a un hacker para manipular todas las cámaras de seguridad de la zona. Aldana había sido expulsada de la familia Mendes y ahora vivía en la pobreza, con solo un pariente pobre. Sus heridas eran la prueba irrefutable. ¿Cómo podrían esos plebeyos competir contra el equipo de abogados de su padre? Hoy, esa perra iba a pagar.

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