—Señorita Carrillo, parece que el señor está enojado —le susurró Eva mientras le ayudaba con el equipaje.
—No importa.
Aldana esbozó una ligera sonrisa y dijo con indiferencia:
—En un rato, se le pasará solo.
«¿Se le pasará solo?».
Eva se quedó perpleja por un momento y luego no pudo evitar taparse la boca para reír.
La verdad es que tenía razón.
La señorita Carrillo tenía al señor completamente dominado.
***
Diez de la noche.
Aldana terminó de hacer la maleta y se dio una ducha. Se dio cuenta de que Rogelio aún no había regresado.
Así que, con el pelo todavía goteando, fue a dar una vuelta por la sala.
Uno pensaría que la joven había ido a consolarlo, pero quién lo diría, se sirvió un vaso de agua helada y regresó a su habitación, ignorándolo por completo.
Rogelio se puso aún más sombrío y su enojo creció aún más.
Unos segundos después, el hombre se levantó, tomó un secador de pelo y volvió al dormitorio.
Eva casi se echa a reír al ver la interacción entre ellos.
El señor Lucero no tenía ni una pizca de orgullo cuando se trataba de la señorita Carrillo.
***
En el dormitorio.
Aldana estaba recostada en la cabecera de la cama. Al ver entrar al hombre con el secador, arqueó una ceja.
—Señor Rogelio, ¿ya se le pasó el enojo?
Rogelio se quedó mudo ante su comentario, sin saber si reír o enojarse.
«Mocosa desconsiderada».
—Sí —Rogelio se acercó y comenzó a secarle el pelo—. Ya me tranquilicé. ¿Contenta?
—Más o menos.
Sintiendo el aire cálido sobre su cabeza y viendo los gestos tiernos del hombre, Aldana lo observó en silencio por unos segundos.
Luego, por iniciativa propia, abrió los brazos y lo rodeó suavemente por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.
—¿Qué pasa?
El cuerpo de Rogelio se tensó ligeramente. Sus movimientos se volvieron torpes y su voz se quebró.
—Nada.
Aldana lo abrazó sin moverse y cerró los ojos para descansar un poco.
—Como estaré fuera varios días, te doy un analgésico por adelantado.
«¿Un analgésico?».



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