—¿Qué pretendes hacer?
Al escuchar esas palabras, Gilda, que hasta entonces había permanecido inexpresiva, mostró una intensa sed de sangre en su mirada.
—Atrévete a tocar a mi familia y te juro que te mato.
—Jajajaja...
Virgilio se divirtió con la amenaza, y su risa resonó en la habitación vacía.
—¿Matarme? ¿Con ese cuerpo destrozado que tienes?
Veinte años de veneno, aunque se mantuviera con el antídoto, la habían dejado con apenas media vida.
Pensó que si ella se portaba bien, podría darle un final digno...
Pero quién lo diría.
Se le había metido en la cabeza la idea de romper lazos por completo con la Escuela de Cazadores.
Para él, las piezas que no podía controlar solo tenían un destino: la muerte.
—He hecho todo lo que me has pedido. —Gilda se soltó de la sucia mano del hombre con un movimiento brusco, su mirada afilada como una daga envenenada—. Dijiste que la misión en Nuboria sería la última.
—Nunca he sido un hombre de palabra.
Virgilio torció los labios en una sonrisa siniestra y malévola, mirando a la joven como si fuera una hormiga.
—Gilda, eres la instructora más destacada de la Escuela de Cazadores. ¿Cómo podría dejarte ir tan fácilmente?
»Si no te comportas, mataré a toda tu familia.
»Llévensela. No le den nada de comer ni de beber.
Virgilio se dio la vuelta y ordenó sin piedad:
—Tampoco le den la medicina.
Esta vez, iba a asegurarse de que aprendiera la lección.
***
Por otro lado.
Aldana se alojó en un hotel dentro del territorio de la Escuela de Cazadores.
Una vez instalada, llamó a Syndicate Zero.
—¿Lo encontraron?
—Sí, jefa —respondió su subordinado apresuradamente—. La dirección y los detalles están en su teléfono.
En el archivo había la foto de un niño negro de unos quince o dieciséis años con el pelo rizado.
Era el hijo ilegítimo de Virgilio, el director de la Escuela de Cazadores.
Virgilio era un hombre malvado y codicioso.
Sus dos primeros hijos habían sido asesinados por sus enemigos.
Este hijo menor era el que había logrado proteger a toda costa, criándolo en secreto, tan bien escondido que nadie en toda la Escuela de Cazadores sabía de su existencia.
Lástima.
—¡Ayu...!
El chico intentó gritar, pero apenas abrió la boca, Aldana lo dejó inconsciente de un golpe.
—Qué fastidio.
Aldana lo levantó y lo metió en el coche que había alquilado.
Luego, se puso en marcha.
Sola, se presentó en la entrada de la Escuela de Cazadores.
Los guardias que vigilaban la puerta miraron a Aldana con el ceño fruncido.
Esa persona les resultaba extrañamente familiar.
Aldana, con las manos en los bolsillos y mascando chicle, los miró con una frialdad glacial.
¿Eh?
El hombre se quedó perplejo unos segundos, sacó su teléfono y buscó en la lista de los más buscados de la «Escuela de Cazadores».
La primera en la lista era una niña de trece años.
Los rasgos de la niña se parecían mucho a los de la joven que tenía delante.
¿Acaso...
...era ella la «pequeña matriarca» que, en su día, derrotó a todos los instructores de alto nivel y que, antes de irse, casi incendia la Escuela de Cazadores?
¡¡¡Maldita sea!!!

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