La verdad es que no parecía muy lista.
—¿Por qué me das un pastel?
Aldana la miró fijamente. Aunque no la conocía, no le desagradaba.
—Me gustas.
La respuesta de Julieta fue directa, y repitió:
—Te he visto, en...
Pensó un momento, hizo un gesto imitando un ordenador y respondió emocionada:
—Te vi en la tele, me gustas.
«¿En la tele?». Aldana bajó la mirada, había salido en las noticias muchas veces. Quién sabe a cuál se refería.
Al final, resultó ser una fan suya.
—Ah. —Aldana relajó el ceño fruncido, aceptó el pastel y le echó un vistazo—. Gracias por el pastel.
Era de su marca favorita. Y de su sabor preferido. «Con razón es mi fan, lo ha investigado todo al detalle».
—Señorita bonita, ¿cuántos años tienes? —Galileo estiró el cuello, preguntando con curiosidad.
—Seis años.
Julieta levantó seis dedos con entusiasmo, sonriendo sin rastro de malicia ni preocupaciones.
Se hizo el silencio.
Así que la señorita bonita de verdad tenía un problema mental. El destino le había abierto una puerta, pero le había cerrado la ventana. Qué lástima.
—Señorita bonita, ¿cómo es que andas sola por aquí? —Desde que supo que no estaba del todo bien, Galileo sintió compasión y preguntó con preocupación—. Es muy peligroso.
Con seis años, cualquiera podría engañarla y llevársela.
—Mi amor.
Julieta lo contaba todo sin tapujos, señaló a la cafetería cercana y dijo seriamente:
—Mi amor está en una reunión de negocios, y yo lo espero comiendo pastel.
—Ah, vale.
Galileo respiró aliviado. Al menos estaba con su familia.
—Y ahora, ¿qué hacemos? —Galileo se rascó la cabeza y miró a Aldana—. Alda, parece que piensa seguirnos. ¿La echamos?
—¿Ya comiste?
Aldana observó a Julieta durante unos segundos y le preguntó amablemente:


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