—Ya he pedido.
Aldana levantó la vista hacia los demás.
—¿Alguien quiere algo más?
—No, gracias.
Los demás asintieron.
—Yo quiero... —Julieta levantó la mano para seguir pidiendo, pero Aldana cerró el menú de golpe—: No, no quieres.
Ya había pedido un montón, ¿acaso se lo iba a poder terminar?
—Vale. —Julieta no se enfadó, y se sentó obedientemente al lado de Aldana.
De vez en cuando, como si recordara algo, se acercaba con curiosidad a mirarle la cara.
Aldana frunció el ceño y Julieta, asustada, se enderezó de inmediato.
—Señorita bonita, antes no terminaste de presentarte.
A Galileo le caía bastante bien. Era adorablemente ingenua. Con ella allí, él ya no era el de menor coeficiente intelectual del grupo. ¡Qué alegría!
—Julieta Mendes. —Julieta levantó la barbilla, presentándose con la seriedad de una alumna ejemplar.
—El Mendes de mi amor. —Las pestañas de Julieta, densas y largas, parpadearon, tan vivaces como un elfo sin preocupaciones, y continuó—: Los dos nos apellidamos Mendes.
—¿Cómo?
Galileo se quedó aún más confuso y, convertido en un niño curioso, insistió:
—¿Ya se apellidaban igual desde el principio?
Julieta se quedó helada un instante, y asintió como si entendiera a medias.
—El apellido Mendes no es muy común...
Galileo se apoyó la barbilla en la mano y se puso a pensar con los ojos entrecerrados.
—¿Qué relación tienen ustedes dos? No me digas que son...
—¡Clanc!
Al ver que Galileo iba a decir una tontería, Aldana lo golpeó un par de veces con un cubierto.
—¿Acaso eres el niño de los porqués?
—No.
Galileo encogió el cuello por el dolor y refunfuñó ofendido:
Julieta respondió con mucha energía, emocionada:
—Le he hecho muchas fotos a mi amor. Me dijo que soy genial y me compró un helado.
—¡Me compró dos! —dijo, levantando dos dedos para enfatizarlo.
—Entonces... —Elena forzó una sonrisa y, como si estuviera hablando con una niña, le preguntó con una voz increíblemente suave—: ¿Dónde está la foto de tu amor?
Julieta abrió su móvil y, después de trastear un rato, levantó la cabeza lentamente.
—Está en el otro móvil.
Cada vez que salían, Quico le aplicaba a Julieta un ligero disfraz y le daba un móvil sin información clave. Él era el dueño de la Isla Solestia. Tenía innumerables ojos observándolo, y un sinfín de personas que querían acabar con él. Por eso, no podía permitir que nadie pusiera sus ojos en Julie ni que corriera el más mínimo peligro.
Cuando Julieta terminó de hablar, un largo silencio se apoderó de la mesa.
Después de tanto hablar, resultó que no había foto. Y, para colmo, les había restregado su amor en la cara. Qué nivel. Aldana no pudo evitar sonreír de lado. Vaya, y qué orgullosa parecía.
—Aquí tienen.
Justo en ese momento llegó la comida, y la voz del camarero rompió el ambiente incómodo.
—Acuérdate de mirar por la ventana, avísame cuando salga tu amor. —Aldana le colocó los cubiertos.

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