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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 796

Aldana se quedó sin palabras.

No había avanzado mucho cuando sintió una opresión repentina en el corazón y un cosquilleo recorrió todo su cuerpo.

Se dio la vuelta.

Julieta ya no estaba por ninguna parte.

—Alda, ¿qué miras? —preguntó Galileo con curiosidad.

—Vamos.

Aldana miró el pastel de mango que tenía en la mano y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

Definitivamente, había sido un día muy extraño.

***

En la cafetería.

Quico terminó de hablar de trabajo y regresó al lado de Julieta, preguntando en voz baja:

—¿Te desesperaste esperando?

Había intentado acortar la reunión lo más posible, pero aun así tardó media hora.

—Ji, ji.

Julieta sostenía su teléfono y lo miraba con una sonrisa boba.

—¿Qué pasa, que estás tan contenta? —preguntó Quico, curioso al verla de tan buen humor.

—Herma.

Julieta, aferrada al brazo de su esposo, respondió con toda seriedad:

—Herma.

—¿Hermosa?

Quico no entendió bien, pero sonrió con picardía.

—Sí, mi Julieta es la más hermosa de todas.

***

En Luminara.

Aldana estaba sentada en el sofá, aburrida. Revisaba su teléfono y abrió la información de su nuevo contacto.

Era Julieta. No había publicado nada.

La foto de fondo, sin embargo, era de ella agachada en un huerto, arrancando cilantro.

«¿Cilantro?».

Aldana sonrió para sus adentros.

«Además de mí, ¿quién más cultiva cilantro?».

—¿Qué estás mirando?

Rogelio salió del baño y se sorprendió un poco al ver la sonrisa en los labios de la joven.

Desde que se enteró de la enfermedad de Gilda, había estado muy preocupada esos días.

Y ahora estaba sonriendo.

—Nada.

Aldana sacudió el teléfono y dijo con calma:

—Me encontré con una hermanita-niña muy adorable.

Era una hermana por la edad, pero una niña por su mente.

De ahí el apodo: hermana-niña.

«¿Hermana-niña?».

¡Qué apodo tan curioso!

—En tres días, te acompañaré a la Isla Solestia —dijo Rogelio sentándose a su lado y posando la mano en su cintura, con un tono suave—. Puedes ir disfrazada.

—No.

Aldana se negó y explicó palabra por palabra:

—Una lluvia de fuegos artificiales.

Lo que quería decir era que volaría toda la Isla Solestia en pedazos.

—Señor Rogelio…

Aldana lo miró profundamente a los ojos y no pudo evitar reírse.

—Hay que cuidar el medio ambiente. Si no es necesario, no andes lanzando fuegos artificiales por ahí.

—Ja.

La expresión de Rogelio se relajó y sus labios se curvaron en una sonrisa espontánea.

—Está bien, como tú digas.

Tras la conversación, el salón quedó en silencio.

Ambos seguían mirándose.

El ambiente se volvió cada vez más íntimo, como si el aire se hubiera llenado de un dulce aroma.

—Aldi…

Rogelio curvó los labios, su rostro se acercó lentamente y dijo con voz ronca:

—Cierra los ojos.

Aldana se quedó sin palabras.

Aldana cerró los ojos.

«Qué obediente».

Justo cuando Rogelio se preparaba para dar el siguiente paso, se oyó un ruido a su lado:

—Señorita Carrillo, ¿todavía va a comerse ese pastel de mango?

—¡Ay!

Al ver la escena, Eva se asustó tanto que se dio la vuelta de inmediato, tartamudeando:

—No he visto nada.

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