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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 798

Rogelio se quedó sin palabras.

Aldana se le acercó, pero él no reaccionó. Ella frunció el ceño, confundida.

«¿Qué pasa?», pensó.

Normalmente, cuando ella tomaba la iniciativa, este hombre ya se habría vuelto loco de alegría.

Hoy estaba demasiado tranquilo.

Unos segundos después...

Cayó en la cuenta.

«Ah, claro».

Había olvidado que estaba disfrazada de hombre. A los ojos de los demás, era un chico.

¿Y un chico lo besaba?

Sí, eso era un poco espeluznante.

—Rogelio... —Aldana se lamió los labios y su voz dulce y clara sonó—: Cierra los ojos.

Rogelio estaba a punto de preguntar algo cuando una mano le cubrió los ojos. Inmediatamente después, sintió una cálida sensación en sus labios.

Era el sabor de Aldi.

Tras un beso fugaz, Aldana se retiró con un ligero sonrojo en las mejillas.

—Me voy.

Dicho esto, se dio unas palmaditas en la ropa, metió las manos en los bolsillos y caminó a grandes zancadas hacia el ferri.

Caminaba con un aire de no importarle nada ni nadie.

Esa chica era increíblemente audaz.

No le preocupaba en lo más mínimo que descubrieran su identidad.

—Jefe, ¿todavía necesito preparar el ferri? —preguntó Eliseo respetuosamente.

La última vez había sido igual.

La señorita Carrillo se iba y el jefe la seguía justo después.

—Olvídalo.

Rogelio se dio la vuelta, le lanzó una mirada profunda a Eliseo y sonrió con resignación.

—¿No es necesario? —insistió Eliseo.

—¡No me atrevo! —soltó Rogelio entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que casi se los rompe.

Iván y Eliseo se miraron con expresiones bastante complejas.

¿Dominado por su esposa?

¡Esa era la descripción perfecta para su jefe!

***

A pesar de ser conocido como el «infierno en la tierra», el lugar era realmente hermoso.

Especialmente la vegetación, que era exuberante.

Árboles frondosos y flores por doquier creaban una vista que reconfortaba el espíritu.

Después de media hora de recorrido por la isla, el vehículo se detuvo frente a un antiguo castillo blanco, diferente al que habían visitado la última vez.

Parecía más un dominio privado, muy distinto a otros lugares.

«¿Un paraíso campestre?».

Esa descripción le parecía muy acertada.

Al avanzar, la mirada de Aldana se posó en un huerto cercano.

Había mucho cilantro.

Muchas hierbas medicinales.

Muchas flores.

—Todo esto lo cultiva la esposa del dueño de la isla —explicó amablemente el hombre—. Aunque nuestra señora tiene una discapacidad intelectual, es una persona muy buena.

Era amable y siempre los saludaba con una sonrisa.

Excepto...

Cuando los obligaba a comer el cilantro que cultivaba. Aparte de eso, todo era perfecto.

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