—Salgan, por favor. Voy a empezar la consulta.
—¿Salir? —La tensión de Quico aumentó al instante, y miró a Aldana con desconfianza.
—¿Y qué esperabas? —Aldana se detuvo mientras abría su maletín y replicó sin miramientos—. Si quieres que la atienda, tienes que seguir mis reglas. Si no, Quico, puedes buscar a alguien más competente.
Quico se quedó sin palabras y, finalmente, se puso de pie.
Antes de irse, se dio cuenta de que los ojos de Julieta seguían pegados al rostro del médico, con una expresión de gran interés, como si estuviera observando algo fascinante.
La puerta de la sala se cerró.
Aldana levantó la vista, escudriñó la habitación y notó que una cámara de seguridad se movía.
—Vaya... —soltó Aldana con una risita, sacó un cojín para tomar el pulso, lo puso sobre la mesa y se dirigió a Julieta—: Súbete la manga y pon la mano encima.
—Oh.
Julieta obedeció dócilmente.
Mientras Aldana le tomaba el pulso, sus dos grandes ojos oscuros la miraban fijamente.
Luego, de repente, dijo:
—Señor médico, yo te conozco.
Aldana se quedó paralizada un instante y, por instinto, miró hacia la cámara.
Estaba enfocada directamente en ella, así que no se podía ver el rostro de Julieta.
Quico no sabía lo que ella estaba diciendo.
Aldana fingió no haber oído nada y continuó tomándole el pulso.
—Tú eres Aldi —dijo Julieta de nuevo, acercándose un poco más con una sonrisa emocionada.
—Ejem. —Los dedos de Aldana temblaron. Sintió un nudo de pánico en el estómago, pero se calmó rápidamente.
«¿Acaso esta niña tiene visión de rayos X? ¡Realmente me ha reconocido!».
—También te he visto en la televisión —continuó Julieta con una sonrisa radiante—. Lo vi en la computadora de mi esposo.
Aldana seguía sin saber qué decir.
Así que...
¿La había visto en los videos de vigilancia de la Isla Solestia?
¿No en internet?
Las pestañas de Aldana temblaron y un atisbo de vergüenza apareció en su rostro.
Y ella que había pensado que era una fan.


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