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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 81

¿Tú vas a restaurarlo?

Rogelio se puso de pie. Sus pupilas oscuras la observaban con profundidad, mientras una sonrisa enigmática se dibujaba en sus labios finos.

¿La jovencita decía que ella lo haría, cuando ni los técnicos informáticos más capacitados del departamento habían podido hacer nada con la grabación?

Pero no parecía estar bromeando en lo más mínimo.

—¿Se puede usar?

Aldana recorrió el lugar con la mirada hasta que se posó en una vieja computadora de oficina.

—Sí... sí, claro.

Uriel, que se había quedado pasmado por unos segundos, también sorprendido por las palabras de Aldana, preguntó en voz baja:

—Aldana, ¿usted ha estudiado informática?

—Sé lo básico.

Aldana respondió con indiferencia y se sentó frente a la computadora.

—Aldana Carrillo, estos son los datos originales del video que obtuvimos de la familia Lucero.

Un oficial le entregó respetuosamente una memoria USB.

Aldana la tomó y comenzó a importar los datos.

Sus diez dedos volaban sobre el teclado y, de la nada, abrió un programa de fondo negro.

Sin embargo, después de teclear un buen rato, la pantalla no mostraba ningún cambio. La grabación eliminada seguía apareciendo como "Datos dañados".

Después de una demostración de habilidad que parecía impresionante, al final no había logrado nada.

El corazón de Armando, que había estado en un hilo, finalmente se tranquilizó.

Y él que pensaba que era tan capaz. Después de tanto alboroto, no había conseguido nada.

—Alda, ¿crees que funcione? —preguntó Galileo con cautela, con las palmas de las manos sudorosas.

—Puede que otros no puedan, pero tú, Alda... —Elena se cruzó de brazos, adoptando una expresión pensativa, y declaró con firmeza—: ¡tú no eres como los demás!

Nunca había fracasado en nada que se propusiera hacer.

—Jefe, ¿necesita que llame a un hacker? —se acercó Iván y preguntó en voz baja.

La señorita Carrillo llevaba un rato tecleando sin resultados. Probablemente no sabía mucho del tema.

—No es necesario.

Rogelio, sentado en su silla, observaba con atención los dedos de la chica.

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