Rogelio frunció el ceño, sacó su teléfono y llamó a la madre de Héctor para sugerirle que otro médico lo revisara.
No era algo que debieran dejar pasar.
***
Después de un esfuerzo titánico, Héctor, cojeando, finalmente logró meterse en su deportivo.
Se sentó en el asiento del conductor, agarró el volante con ambas manos y respiró hondo y con fuerza.
«Maldita sea».
¿Por qué su corazón latía tan rápido?
Sobre todo cuando Gilda lo miraba, era simplemente incontrolable.
No era dolor…
¡Era amor a primera vista!
***
Tras múltiples experimentos, Aldana y Félix finalmente desarrollaron el antídoto.
—El tiempo era muy justo, solo pudimos hacer dos pruebas —dijo Félix con el ceño fruncido—. Y fue en ratones de laboratorio, las pruebas en humanos…
—No es necesario.
Gilda lo interrumpió de inmediato y murmuró con una sonrisa:
—Para probar este antídoto, hay que inyectar el veneno. Una persona común no podría soportarlo, y todos son hijos queridos de sus padres. No hay por qué arruinarle la vida a nadie.
Había vivido con esta enfermedad durante más de diez años, y era un milagro que siguiera viva.
Además, si no hubiera sido por Aldana y Félix, que desarrollaron el antídoto para ella, probablemente ya estaría muerta.
De perdidos, al río. Estaba dispuesta a arriesgarse.
Félix no dijo nada y en su lugar miró a Aldana, que permanecía en silencio.
—Haremos lo que dice Gilda.
Aldana levantó la cabeza y su voz sonó fría.
—La inyección del antídoto será en tres días.
Conocía bien el carácter de Gilda.
Jamás pondría en riesgo la seguridad de otros para salvarse a sí misma.
En esos tres días, se apresuraría a realizar una última prueba de seguridad al antídoto.
—De acuerdo.
Como las dos hermanas estaban de acuerdo, Félix, aunque preocupado, no tenía otra opción.
Una vez terminada la conversación, Rogelio tomó la mano de Aldana y le dijo en voz baja:
—Mi abuela ha estado diciendo que te extraña mucho, y mi madre…
En cuanto pronunció la palabra «madre», las miradas de Félix y Gilda se clavaron en él como dagas.


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